El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

tolo por ti

Déjame

Por José María Máiz Togores

31.07.2016 
A- A+

El ruido era ensordecedor. Un molinillo trituraba una incontable cantidad de granos de café con un sonido dañino y retador para el ser más bonancible. La música, desafinada por la mala calidad de los discos, a un volumen estruendoso y llamativo.

Un sinfín de voces, chillidos y risotadas de jóvenes como nosotros invadía todo el espacio del local con una violencia inusitada. Cierto que se hacía casi insoportable el ambiente. Compañeros de facultad casi todos. Unos discutiendo acaloradamente de política, de una política para mí entonces desconocida. Otros proyectaban un viaje a Mallorca para conmemorar un muy lejano paso del ecuador. Y los de más allá cercenando la pureza de una tardoadolescencia con besos y caricias inexpertas. En este último grupo estábamos nosotros inmersos.

 


Reímos hasta la náusea de las más diferentes sinrazones. Leímos versos que adornaban nuestras carpetas con un ritmo excesivamente cadencioso. Confundíamos letras de canciones con una precisa habilidad que le irritaba muchísimo a Olga. Era nuestro lugar secreto. Nos habíamos juramentado que no se lo diríamos a nadie, que ese reducto de espontánea sinceridad debíamos protegerlo como oro en paño. Yo sufrí los dardos de mis amigos y ella los de sus amigas.

Gozábamos sobremanera cuando llegaba el sábado y volvíamos al mismo lugar. Recuerdo que eran de una intensidad absoluta el humo del tabaco y su inseparable mal olor.

Por aquella época yo fumaba y apenas percibía ese aroma que mis padres tildaban de 'adquirido en un lugar muy poco recomendable'. Nos daban igual las mil recomendaciones que yo recibía sobre los peligros de un precoz noviazgo. Porque otra cosa no te puede estar ocurriendo, me decían mis padres. Olga me decía que tarde o temprano yo caería 'en el bando de mis padres'. Yo le juraba que no, que mi fidelidad era inquebrantable. Lo veremos.

 


Salíamos ebrios sin haber probado el alcohol. Recorríamos las calles próximas a la casa de Olga henchidos de un placer inagotable. Como el de todos los adolescentes, imaginábamos.

Y en aquel instante yo tarareé una canción que la dejó petrificada. Esa canción se la cantabas a Maite. Yo lo negué incansablemente. Mi memoria, a diferencia de la tuya, es fotográfica. Cállate. Lo volví a negar. No me vale. Ya te lo he dicho. Y esa fue nuestra primera discusión. Hoy la califico de trivial e insustancial. Hasta me arranca una hierática sonrisa cuando pienso en ella.

 


El viaje de vuelta a mi casa en taxi fue un tormento rabioso, una interminable letanía de autoinsultos, una yincana emocional autodestructiva. Al despedirnos, ella no giró la cabeza como hacen todas las parejas hasta perderse de vista. Dio un portazo al coche, me miró con una rabia sorda y reprimida y me insultó con un 'imbécil' que aún retumba en mis oídos. El coche se caló y yo, como una estatua de sal, sólo pude ver su paso decidido camino de su casa.

El taxista encendió el coche, sonaba en la radio el Déjame de Los Secretos, carraspeó inconfundiblemente y me lanzo un 'dónde quiere que le lleve' que me sonó a 'otro estúpido que tiene una bronca con su novia'.

 

(*) El autor es profesor