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Cuando Compostela cosía a mano

ELVA OTERO  | 09.04.2017 
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La de Mª Carmen Lavandeira es una casa de modas como las de antes. Bocetos de vestidos de otras épocas se encogen en las paredes del salón de su pequeño piso de la avenida de Lugo. También en el pasillo, en el cuarto de costura y en el que tiene habilitado para probar. Colecciona dedales y conserva artilugios antiguos como una plancha de carbón o una máquina de coser. “Vino Zara y lo estropeó todo”, lamenta sin ocultar su nostalgia por aquellos tiempos de la confección a medida. Esa morriña es la que la lleva a sentarse cada viernes con las integrantes de Modistas Unidas, un grupo que ella misma impulsó hace medio siglo junto a otras profesionales.

Mª Carmen nació en el Pexigo de Abaixo y a los tres años se trasladó a Bonaval. Muy cerca, en la rúa das Rodas, tuvo su primer empleo. Era recadera en el taller de Nicolasa, modista con solera en la Compostela de la época. Allí se esfumó su infancia. “Éramos dos y hacíamos turnos: una semana te tocaba ir a la fuente y a la siguiente, a planchar”, recuerda. “Hoy tenemos la luz muy cara, pero por aquel entonces también. Había que tener mucho cuidado para no quemarse con la plancha de hierro. Tenía un pequeño orificio detrás que dejaba escapar fácilmente el carbón caliente”, explica. Corría la década de los 50 y Mª Carmen solo tenía 11 años. A los 12, dejó el colegio.

Ya de niña se mostraba reacia a dedicarse a la costura. “Tenía dos tías modistas y estaba harta de coser”, cuenta. Con el mercado laboral vetado a la mujer, no le quedaba alternativa. Su familia la forzaba a buscarse un sustento y, aunque tímidamente empezaban a asomar puestos en peluquerías y comercios, lo de dedicarse a hilvanar aguja e hilo era lo más extendido. “No nos dejaban jugar”, comenta con tristeza mientras describe aquellos primeros contactos con la profesión. “Con Nicolasa aprendí cómo funciona un taller”, relata. A Mª Carmen aún se le ilumina el rostro cuando rememora los preparativos de una boda de alto copete. Se casaba la hija del propietario de un conocido hotel. “Se hicieron unos trajes de baile preciosos. Pero para Nicolasa fue un gran disgusto que el de la novia lo hiciera Balenciaga”, continúa. “Cuando lo vi,me dio la sensación de que era como de monja. Fue una pena. Porque allí se hacían unos vestidos espectaculares”, añade.

De niña de los recados dio el salto a una fábrica de camisas que había en Eduardo Pondal. Pero no fue capaz de adaptarse y la única salida era hacerse modista. Solo en las inmediaciones de Bonaval se contaban entonces medio centenar de talleres. Mª Carmen se formó con Consuelo Bar García, una profesora de corte muy acreditada en la época. A coser le enseñó Lucía. “Por aquel entonces se hacía toda la ropa. Hasta los años 60 no llegaron a Santiago las tiendas de confección”, advierte. En cuanto dominó mínimamente la técnica,  comenzó a ofrecer sus servicios de casa en casa hasta que, a los 20 años, se montó su propio taller en el mismo piso de la avenida de Lugo que hoy sigue siendo su domicilio. Siguió formándose. Se matriculó en Moda Gal, en la rúa do Hórreo, y después se especializó a través de cursos de formación a distancia. Pasaron 15 años hasta que se hizo autónoma. “Eran 50 pesetas al mes. Cuando me jubilé, se habían transformado en 180 euros”, recalca.

OTROS TIEMPOS. Los de la confección a medida eran otros tiempos. Nada que ver con el prêt-à-porter. “Teníamos tiendas de tela de superlujo”, añora Mª Carmen. Para los abrigos, lo mejor en lanas, pelo de camello, angoras, alpacas o telas de chanel. Y en los vestidos, sedas de ensueño. “La seda no se puede lavar y, para proteger las axilas, se ponía una sobaquera de algodón de quita y pon”, describe. La inspiración venía de los figurines. La promotora de Modistas Unidas conserva decenas de revistas descatalogadas. En sus páginas atesoran diseños que hoy siguen siendo auténticas joyas. Mª Carmen las despliega encima de la mesa del salón, esa misma que le sirve para cortar los tejidos cuando llegan encargos. Solo atiende los de la familia y los de clientas de toda la vida. Lo hace por hobby, sin ánimo de lucro. “El de novia es el traje por excelencia”, señala. De sus manos habrán salido unos cien. “No tienen nada que ver con los que se compran en la tienda. Daba gusto porque son trabajos hechos a mano”, celebra mientras enseña un bloc en el que colecciona bocetos dibujados por ella misma.

Hasta la década de los 80 el gremio de las modistas de Santiago superaba el centenar. Pero la producción textil en cadena fue descomponiendo el oficio. “Alguna queda. Pero no son como las de antes. Tristemente se fue una generación que hacía muy bien la confección pero que no se benefició en absoluto del negocio. Las más favorecidas fueron las clientas”, sentencia.

“Montar una cooperativa era imposible. Las mujeres no nos apoyamos”

Armar un colectivo profesional de mujeres en la década de los 60 no era fácil. Mª Carmen Lavandeira lo intentó. La idea le rondó varias veces por la cabeza, pero finalmente se quedó en un mero grupo de costureras. “Mi ilusión era hacer una cooperativa, pero no tenía fuerza y luego se me pusieron delante muchos elementos en contra”, argumenta. “Casi no teníamos apoyo y, para ser sinceros, las mujeres no nos apoyamos entre nosotras”. Empezó a hablar con unas y con otras, a organizar reuniones, y en 1966 nacía Modistas Unidas con 25 integrantes. Se montaron un par de desfiles, el primero en el conocido entonces como Servicio Doméstico (colegio La Inmaculada) y después en el hotel Peregrino. Además de las compañeras de gremio, acudían las clientas y las familias. Eran bastante íntimos. Pero enseguida desistieron. No todas estaban afiliadas a la Seguridad Social y existía el temor de que hubiese sanciones.

SANTA LUCÍA. Coincidiendo con la festividad de Santa Lucía, cada mes de diciembre se reúnen para celebrar los logros del gremio. El evento está vestido con canciones y merchandising alusivo a la efeméride. Para no perder contacto, cada viernes se reúnen para compartir sus inquietudes y recordar viejos tiempos. Siguen siendo 25 socias. Organizan excursiones, comidas o lo que se tercie. Porque no quedan modistas como las de antes y ese patrimonio no puede perderse.