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tribuna libre

Cien años de silencio

LUCÍA BLANCO VÁZQUEZ   | 19.06.2016 
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Miro el burbujeante vaso de refresco que tengo delante y a mi cabeza viene la famosa frase, "la chispa de la vida". Inmediatamente la asocio con los famosos anuncios publicitarios que salen en televisión en los que grupos de gente, de distintas etnias, razas y religión, en una perfecta armonía, sonríen llenos de felicidad; blancos, negros, amarillos y todos los maravillosos colores intermedios que la evolución de la raza humana ha conseguido crear. Sin embargo, hoy levanto la vista y tengo ante mí otras imágenes. Las que están saliendo en todas las cadenas de la televisión. En todas ellas presentadores, colaboradores, el experto en algo, el presidente de turno, el ministro de..., hablan circunspectos mientras se vuelcan a relatarnos hasta el agotamiento, serios y compungidos, esta última barbarie.

Suspiro resignada y pienso, ¿la última de cuántas? ¿Qué diferencia hay entre la de Bruselas, París, Londres, Madrid o Nueva York?, ¿hay alguna diferencia con las de Túnez, Turquía, Níger, Malí o Siria? ¿Acaso nos importan más los muertos de "aquí" que de los de "allá"?, ¿es que, de alguna manera, son diferentes? ¿Acaso es más dolorosa la pérdida de un hijo para una madre o un padre belga, español, inglés, francés o norteamericano, que para una madre o un padre de todos los demás países? Creo que, en apariencia sí. Honradamente, creo que lo cierto es a todos nos importan más bien poco, salvo cuando nos pasa a nosotros, claro. Sigo mirando el televisor y sé lo que viene después; imágenes que parecen las mismas que ya he visto en anteriores situaciones. Policías, sanitarios, militares y bomberos corriendo de un lado para otro en medio de luces parpadeantes de sus coches y el variado sonido de sus sirenas; gente que también corre, sin saber bien ni hacia donde, o que deambula confusa e incrédula por ser el protagonista de semejante situación. Cientos de historias de héroes anónimos que se entremezclan con declaraciones rimbombantes y frases que ya suenan cursis por repetitivas. Reuniones de emergencia, cumbres, más reuniones, más cumbres. Proyectos, promesas de nuevos proyectos, promesas de nuevas reuniones, de nuevas cumbres. Promesas, promesas y más promesas, cada una con su nombre correspondiente o con las iniciales pertinentes pero todas con el mismo resultado: ninguno. Al final todo se irá diluyendo como un azucarillo en un vaso de agua y todo quedará en nada, hasta la siguiente barbarie.

Lo triste es que todos sabemos lo que se tiene que hacer. Lo peor es que, quien tiene el poder la representatividad y la legitimidad para hacerlo, no se atreve. Demasiados intereses ocultos, demasiados conflictos enmascarados pesan e importan más que tanta sangre derramada por la muerte de miles de personas, que el dolor de tantos padres y madres y que el peso de tantas lágrimas vertidas. Mientras pretendamos estar a la vez con Dios (el que sea) y con el diablo (el mismo en todas partes) nunca haremos nada.

Suspiro cansada y bebo otro sorbo de mi refresco; las burbujas me hacen cosquillas en la nariz y a mi cabeza vuelve la famosa frase "la chispa de la vida". No puedo evitar esbozar una sonrisa amarga. Para muchas personas, demasiadas, la chispa de su vida se ha apagado. Lo peor es que, seguramente por los mismos motivos, se apagará la de muchas más.

Un minuto de silencio. Hoy se guarda un minuto de silencio por estas recientes víctimas. Lo cierto es que ni cien años de silencio serían suficientes por permitir tanta barbarie.