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Camilo Otero, el arte inimitable

LUIS MIGUEL BUGALLO PAZ   | 18.09.2016 
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Este comentario se escribe muy tarde porque, para mi vergüenza, conocí a Camilo (nacido como yo en 1932) hace tres días: siete láminas de su obra en el escaparate de una zapatería de Alfredo Bañas, en donde me paré como frenado por una fuerza brutal, inicialmente incomprensible: ¿qué era eso? ¿Qué oscura potencia genesíaca y oscura dio lugar a unas imágenes tan absurdas y tan bellas, a un dibujo alucinado y a un color que te hace enfermar? ¿Cómo es posible tal barbaridad? Y dije barbaridad poniéndome de inmediato al servicio de todos mis recuerdos sobre la antigua Grecia, a su pensamiento y su arte incomparables, y también al servicio de los antiguos celtas, mis antecesores. Pues son los míos de las tierras de Trasancos, bien documentadas como dominio celta, y mi aldea, Casadelos, está a mitad de camino del pico del monte de Ancos, sobre el río Jubia, allá donde se separan Neda y Narón. Mis antepasados nunca se movieron de este lugar del mundo, y trabajaron y comieron solamente lo que daba la tierra. Algo parecido le pasaría a Camilo Otero con la Rúa Nueva antes de emigrar a París. Mis antepasados, labradores, se iban a Uruguay, a trabajar y ver mundo, para poder vivir, ("ir tirando").

Otero, digamos desde el principio, es la total negación del arte clásico. Y es natural que así sea porque Camilo Otero Ensaya, creo que por primera vez en Europa, el arte genuino de los pueblos bárbaros, y por eso los celtas (comento con ironía pero con honda seriedad), lo que amaban sobre todo era decir y gozar barbaridades. Los celtas eran "bárbaros" en el decir y pensar de los griegos y romanos. En la antigua Palestina, los galileos (gallegos) fueron discípulos de Jesús por la sencilla razón de que creían en la resurrección de los muertos, a los que en Galicia llamamos (yo, de niño) "los aparecidos", y que son también los fantasmas de los castillos de Gales, de Escocia o de Irlanda.

Por esa manía de volver de nuevo a esta vida a pasarlo mal, (algunas veces bien), fueron los celtas magníficos soldados, y por el temor que creaban en las legiones romanas, alzaron éstas en Inglaterra el muro de Adriano, de ochenta quilómetros de largo, de mar a mar, y no sé si cuatro o cinco m. de altura, para no enfrentarse a esa gente feroz, que no moría nunca, o eso pensaban. Por eso el emperador los llamó en defensa de la capital de su Imperio, Constantinopla, porque sabía mucho de su valor. Siempre los grandes soldados soñaron que la victoria era camino de la gloria, el honor y lo eterno. Acentúese en los pueblos celtas. Los bárbaros trabajaron el hierro, y eran magníficos bebedores de cerveza (y aún lo son en Irlanda), domadores de caballos, orfebres famosos. Trabajaron las pieles, (especialmente femeninas), (con besos a traición).

Camilo Otero es gallego y celta por los cuatro costados. Su arte, en relación al mundo clásico, es una barbaridad, tal la alucinación de un artista que abusó de las drogas creadoras de delirios, y que por ello alucina, o de un poeta sin duda esquizofrénico, o de un profeta que se inspira en los desiertos o en el mar, en la levedad de las arenas o de las ondas, de un mundo, en fin, que prolonga la realidad en irrealidades no menos ciertas y bellas, oníricas. Un can lampasado, por ejemplo, puede ser largo en demasía, y su cabeza, desmedida, y su boca ser ya la de un cocodrilo. Una vaca puede estar partida por la mitad, y conservar intacta una ubre inmensa, madre inmensa, que desea alimentar a la gentiña que vive en la diáspora de su propia tierra. Esa fantasmagoría abismal es de tal magnitud, que debe conservarse en nuestro cerebro arcaico, a nivel, o muy cerca, de la locura. Pero en Camilo Otero no hay dolor. No hay locura: sólo un mirar distinto, gozoso, que se ríe siempre porque contempla un mundo que sabe que no se ve, pe4ro que está justo a continuación del mundo éste en que habitamos, y que es vital, alegre, incomprensible, y muy cierto: los bárbaros nos reímos de lo muy cierto (y hablo por mi) y nos gozamos también en la locura de la verdad, si es locura compartida. Podemos crear, y creer, cualquier cosa, si podemos contar con la sugestión innumerable y la belleza.

Para ver la obra de Camilo Otero, en la Casa del Cabildo, en la Plaza de las Platerías, hay que plantarse valerosamente, y con orgullo, frente a Grecia y a Roma, y desafiarlas. Desafío inminente también frente a todo el arte occidental, salvo acaso el arte que se transmite por los cómics; es decir, lo cómico de una realidad apabullante, nueva y antigua, divertida, nada trascendente y, sin embargo, plena de pulcritud. Lo siempre nuevo y lo siempre viejo a la vez como son los caminos todos del mundo. ¡Una auténtica gozada! Por eso, un famoso escritor le dijo a Camilo: "Camilo, vete a hacer catedrales. Blasfema frente al mar". Lo dijo así o parecido. Ya no me acuerdo, porque inicio la aventura fabulosa de olvidarme de todo, de hacerme tal vez caminante perpetuo por los caminos de la Santa Compaña.

"Alá vou, compañeiros. Agardade por min".