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Tribuna libre

Lo bueno está aquí

Por Begoña Peñamaría

07.08.2016 
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Llevo veintiún años dirigiendo un taller de novias y fiesta con tienda propia en la ciudad de La Coruña. Desde 1995 visto sueños. Y, lo cierto, es que trato de hacerlo a mi manera y bajo mi sello personal, basándome en las últimas tendencias, pero procurando que mis diseños sean diferentes y sirvan para que cada clienta se sienta especial en su gran día. Llevo media vida creando en una tierra, Galicia, de la que han salido los mejores diseñadores de España y en cuyas cocinas se cuecen las prendas del mayor gigante mundial en el campo de la moda.

Algo flota en el aire de esta tierra meiga rica en enclaves y flora. Una región que regala a nuestra vista, miremos dónde miremos, infinidad de paisajes en los que perderse sin necesidad de atravesar océanos para encontrar mayor belleza. Una tierra tan meiga como cargada de hechizo, un embrujo que nace en la imaginación de la que sus gentes tuvieron que hacer uso para huir de la desconfianza que el maltrato ajeno produjo en ellas. Maltrato al que fueron sometidos por otros pobladores del país que se creyeron más listos que ellos simplemente por ocupar plazas más céntricas y recibir así mayor información de todo tipo. Una información que también podría llamarse contaminación personal y que aquí llegó, como casi todo, más tarde de lo normal, pero que al llegar consiguió crear en el gallego inseguro la sombra de una duda aún mayor. Duda de sí mismo, duda de su tierra, duda de su lengua, duda de su acento, duda de su buen hacer y, si me descuido, hasta los hay que sienten un poco de vergüenza por el hecho de ser gallegos. Por eso ya no me cuesta entender que exista un cierto sector poblacional incapaz de valorar lo que tenemos en casa, simplemente por eso: por tenerlo en casa.

Me imagino que cuando una señora emprende rumbo a la capital en busca del traje de sus sueños, en realidad lo que está haciendo es emular lo que a buen seguro hicieron sus antepasados cuando, por avatares de la vida y con todos mis respetos, se vieron obligados a buscar una existencia mejor, lejos de aquí. Y en esa búsqueda, muchos se hicieron ricos, por lo que sus descendientes todavía continúan pensando que lo bueno está fuera de aquí. Y no es cierto, solo que lo seguirá pareciendo mientras aquellos que tienen la capacidad de elegir no se dejen el dinero aquí, generando así empleo y riqueza en su tierra. Una tierra que poco parece importarles, de la que exprimen sus encantos y posibilidades hasta la saciedad y en la que apenas confían, porque en realidad el verdadero problema del escaso crecimiento de Galicia radica en los gallegos. Especialmente en aquellos que están ávidos de encontrar su minuto de gloria tratando de llamar la atención de sus vecinos realizando búsquedas comerciales fuera de nuestras fronteras. Porque para esta clase de gente, las vacaciones y las cosas son mejores cuanto más lejos de la tierra madre estén.

Mientras no protejamos, explotemos y pongamos en valor nuestras tierras y productos; mientras continuemos pensando -a diferencia de las regiones más ricas de España-, que lo de aquí no vale o vale menos; Galicia seguirá siendo mangoneada por todo y por todos. Cada uno de nosotros debería hacer un esfuerzo por consumir aquí y lo de aquí. Porque si todos ponemos nuestro grano de arena y sacamos adelante el enorme potencial de nuestros creadores y de la tierra en sí; no tardaremos mucho en ser por fin considerados en el resto, ya no digo del país, sino del mundo.

(*) La autora es diseñadora