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Apocalipsis mal organizado

Los días siguientes al naufragio del Cason fueron de tensión y caos en Fisterra y Corcubión - FOTO: Manolo Blanco
Los días siguientes al naufragio del Cason fueron de tensión y caos en Fisterra y Corcubión - FOTO: Manolo Blanco

BENITO LEIRO   | 11.12.2017 
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Cuando el Prestige enfangó de chapapote las playas de Galicia, catorce años después del naufragio del Cason en la comarca fisterrán todavía se acordaban con espanto de aquel malhadado buque de bandera panameña que arrojó a tierra una macabra carga de 23 marineros chinos fallecidos tras el incendio a bordo.

La del Cason no fue una más del listado de catástrofes que jalonan el fatídico historial de nuestras costas. Fue uno de esos episodios en los que la realidad supera con creces a cualquier ficción. Aquel 10 de diciembre de 1987 lo recordaré siempre como la noche en que vivimos peligrosamente.

Las jornadas anteriores las habíamos pasado a caballo entre Corcubión y Santiago, esperando novedades sobre el famoso buque embarrancado. Según mi cuaderno de notas, eran las 21 horas cuando recibimos un flash de urgencia que refería “pequeñas explosiones” provocadas por reacciones químicas a bordo del Cason. Dejé una crónica del Barbanza a medio redactar y partimos apresuradamente en el vehículo del fotógrafo en dirección a Fisterra. Nos llevamos a Andrés Manzano, colega del diario El País, que acababa de llegar a Compostela para cubrir la información del suceso. Por la antigua carretera de la costa casi todos los coches circulaban deprisa en dirección contraria a la nuestra y nos hacían luces para indicarnos que nos dirigíamos hacia el desastre. Incluso nos paró una patrulla de la Guardia Civil para sugerirnos que volviéramos atrás. Tuvimos que enseñarles nuestras acreditaciones de Prensa para que nos dejaran seguir en busca de un destino incierto.

Lo que empezó siendo preocupación se fue tornando angustia a medida que la radio del coche iba emitiendo noticias. El gobernador civil de A Coruña, Andrés Moreno Aguilar, había ordenado la evacuación de Fisterra, Corcubión, Cée y Camariñas. El delegado del Gobierno en Galicia, Domingo García Sabell, anunciaba la puesta en práctica del operativo previsto para proteger a la población. Se hablaba de 300 autobuses que podrían llegar a 700 si fuese necesario. El presidente de la Xunta, Fernando González Laxe, se dirigía al pueblo gallego para transmitirle un mensaje de confianza y serenidad.

Todo parecía presagiar que se estaba conjurando el supuesto riesgo para la salud pública. Sin embargo, cuando llegamos al epicentro de la tragedia empezaron a sucederse los acontecimientos sin orden ni control, como si obedecieran a esquemas delirantes. El panorama se componía de imágenes patéticas: grupos de personas angustiadas que aguardaban los autocares para ser evacuados; carretera de la costa semi colapsada por el tráfico; el gobernador rectificando y negando que fuese necesario evacuar; las cuatro poblaciones afectadas incomunicadas telefónicamente; transportes que llegaban y no sabían a donde dirigirse. Corcubión y Fisterra parecían pueblos fantasma.

El director de la Marina Mercante, José Antonio Madiedo, que dio la cara en todo momento, reconocía carecer de datos fiables que le permitieran saber qué iba a ocurrir. Tanto el gobernador como el delegado del Gobierno daban marcha atrás en sus primeras consignas, prometían que no pasaba nada grave y alegaban que se había producido una mala interpretación de los hechos y un fallo de coordinación. Demasiado tarde: gran parte de la comarca ya había sido desalojada.

En torno a la una de la madrugada el Gobierno Civil pedía a la Dirección General de Protección Civil que suspendiese el operativo. La orden de desalojo ya afectaba solamente a Fisterra. La escena más caótica que recuerdo se produjo cuando camiones del Ejército de Tierra y autobuses se aglomeraron en el centro de la villa fisterrán para ayudar a la evacuación. El pueblo estaba totalmente vacío.

De regreso a la redacción de El Correo, todos los compañeros nos reunimos expectantes en el bajo de Preguntoiro 29. Esperábamos la edición del día, calentita, recién salida de la rotativa. Una vez más nos manchamos las manos de tinta y un colega resumió lo ocurrido con el infausto Cason en Fisterra: “El apocalipsis debe ser algo como esto pero mejor organizado”.

Durante varios años el cadáver del buque permaneció encallado en un acantilado de la Costa da Morte. Se mantuvo a flote, erguido sobre las rocas con la dignidad de un viejo cetáceo muerto en combate. Se resistió a perecer frente al embate de múltiples temporales que lo azotaron sin tregua. Antes de perderse en las profundidades del océano, mostró su orgullo de efigie totémica y quiso comparecer como un testigo inerte pero incómodo de la tragedia vivida.