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TOLO POR TI

Añoranzas

Por José María Máiz Togores

04.09.2016 
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Añoro...

Aquel recóndito rincón en la fría y umbría bodega de nuestra casa do Burgo (Vedra, A Coruña) donde nos ocultábamos para dar inocentes besos al vino de misa que nuestros mayores creían tener allí a buen recaudo de nuestros apetentes labios.

Aquellas semicarcomidas vigas de madera que soportaban la estructura del piso superior y, que sin esconder tesoro alguno, gracias a las tradiciones de nuestros antepasados, nos hacían soñar con prohibidos misterios e inimaginables leyendas.

Aquella vieja cocina de leña que emitía rudimentarios fuegos artificiales, a la par que una música desconcertante y seductora, pero que gracias a ella durante años saboreamos los mejores placeres de la cocina gallega de aldea.

Aquellos quebrantahuesos colchones de lana que, en incontables noches de verano, húmedos y fríos, fueron leales y silenciosos testigos del necesario descanso de una infinitud de irredentas juergas y no menos primerizas lágrimas de juventud.

Aquellos egregios retratos del primer piso que, en actitud intimidatoria y detenidos en un tiempo amarillo, durante numerosísimos años fueron silentes jueces de los que, con inconsciente falta de respeto, jugábamos al escondite en las frecuentes tardes de lluvia.

Aquella vistosa y casi arrogante galería que nos permitía disfrutar de unos atardeceres idílicos, locus amoenus de un tiempo que se nos ha escapado de nuestras manos irrevocablemente casi sin darnos cuenta.

Aquella lluvia ligera, orballo, (chuvieiras, según algunos vecinos de la aldea) de las tardes del mes de septiembre que, en un rociado ceremonial, nos anunciaba indefectiblemente el final de un verano que empezaba a dar la protocolaria bienvenida a un triste otoño.

Aquellos ojos de niño, asombrados y enloquecidos por los cuentos e historias de un hombre que, con una colilla en los labios, nos contaba las más insólitas aventuras de un supuesto fantasma que recorría la era y los jardines de nuestra casa las noches de treboada.

Aquella canción hoy ya casi olvidada, pero que en las indelebles romerías de entonces nos hizo a más de uno impregnar irremediablemente nuestras ropas de un peculiar olor a vino y a pulpo, así como decorar nuestros jerseys de delatadoras hierbas.

Aquellas palabras y frases de los vecinos de la aldea en un desnormativizado gallego que, cuando las oí por primera vez, bailaron en mis oídos como las gotas de rocío cantarinean en los cristales en las húmedas madrugadas del mes de mayo.

Añoro aquellas miradas, distantes o próximas, entre juegos, charlas o música, que se cruzaban efervescentes y se hacían mil declaraciones de un amor aún adolescente.

Aquel... Aquella... Aquellos...

¿Que por qué añoro 'tantos aquellos'?, se preguntarán, amigos lectores.

Porque ya no conservo ni rincones de bodega, ni vigas de madera, ni cocinas de leña, ni quebrantahuesos colchones, ni egregios retratos, ni arrogantes galerías, ni chuvieiras, ni ojos de niño, ni canciones olvidadas, ni palabras en desnormativizado gallego, ni miradas, ni... Sólo conservo un tambaleante presente que se obstina en vivir en un idílico pasado.

 

(*) El autor es profesor