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charabia

Los hechos son sagrados

OFIR ABOY GARCÍA  | 05.06.2016 
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"Los hechos son sagrados y las opiniones libres" es una expresión periodística, convertida en axioma para estos profesionales. Ha sido escrita por el que en su día fue director de The Guardían, Charles P. Scott, uno de los impulsores del moderno periodismo. Con esta frase, estudiada ahora en todas las universidades de esta rama en todo el mundo, su autor sentenció que las opiniones sin el conocimiento de los hechos no deben estar por encima de la verdad.

Una vez que somos conocedores de los hechos, podemos valorar los efectos que pueden llegar a tener. Claro que si algunos sólo miran lo que quieren mirar (ya se sabe que el peor ciego en el que no quiere ver), esos hechos serán los que convengan en cada momento. Y aplicando este principio, si lo que queremos es no sentirnos mal, la solución fácil es echar la culpa a los demás por lo que sea, como sea, en el momento que sea y seguiremos tan felices nuestro camino.

Pero si nos paramos y analizamos pormenorizadamente las circunstancias que anteceden a la causa que produce el efecto, seguramente seremos capaces de saber el porqué de lo que ha sucedido, para qué ha ocurrido o qué podemos sacar en conclusión, con absoluta certeza y sin ataduras.

Pero si esto fuera tan fácil de hacer como de decir, algunos, que piensan que las cosas siempre suceden por circunstancias ajenas a su voluntad, se darían cuenta que están equivocados y que toda causa tiene su efecto en cierta medida en las actitudes que nosotros mismos mostramos. En la autocrítica, en más de una ocasión, podemos encontrar el razonamiento de esos hechos, si sabemos buscar. Si nos ceñimos al relato verdaderamente cierto y nos arriesgamos a juzgarnos a nosotros mismos con el mismo rigor que juzgamos a los demás.

Todos de pequeños convivimos con frases de nuestros mayores tales como " Si comes toda la verdura, después te daré un helado"; "Si haces los deberes, saldrás a jugar al parque". Quienes nos estimulaban así lo hacían para enseñarnos algo: teníamos que aprender a comer de todo para estar bien alimentados o mostrarnos que primero era la obligación y después la devoción. No lo decían por capricho, o porque sí, aunque en aquel momento, para ti, que eras un niño, la causa de no comer la verdura que te daban o no hacer los deberes que te decían no significaba nada más que un efecto: el castigo. No comer helado o no ir al parque.

Cuando somos adultos entendemos perfectamente que nuestros padres nos estaban enseñando con aquellos hechos cosas importantes. Nos enseñaban a aprender la causa efecto de una actitud, de una toma de decisión, de elegir entre algo bueno y algo malo. Sin embargo, a las primeras de cambio, volvemos a la niñez de manera inconsciente y repetimos inevitablemente nuestras conductas infantiles no dando importancia a todos los antecedentes de hecho, que forman parte de la causa que produce el efecto. Nos limitamos a analizar sólo lo que nos conviene; no buscamos causalidad sino casualidad, y cómo no, en esas condiciones, deducimos el efecto con premura. Nos están castigando; el único responsable de la situación es el de enfrente; los demás abusan de su poder, nos están censurando, se portan mal conmigo.

Ser ético, respetuoso, objetivo y racional debe ser un valor primordial a la hora de entender que es lo que tenemos realmente delante de los ojos. Sólo así lograremos que los árboles nos dejen ver el bosque.

Si conseguimos entender todo, al final del análisis concluiremos, efectivamente, que lo importante son los hechos, todos los hechos, y que sabiendo de ellos podremos tomar decisiones justas, que deberán derivar, si o si, en las actuaciones que debemos realizar.

Ser conscientes objetivamente del conjunto es una tarea difícil, que requiere de aptitud y grandes dosis de observación y reflexión, no siempre al alcance de todos. Pero es y será siempre la única manera para ver la realidad de las cosas.

(*) La autora es licenciada en Derecho