El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Tendencias | tendencias@elcorreogallego.es  |   RSS - Tendencias RSS

Las "Crucifixións" de Alexandro en Compostela

TEXTO FÁTIMA OTERO. CRÍTICA DE ARTE   | 05.06.2016 
A- A+

El día de la inauguración de su muestra "Crucifixións", Alexandro aludía a que en una mente escéptica como la suya no tenía cabida la plasmación de ninguna imagen que aludiese a algún tipo de religión; tan sólo había lugar para la representación de un hecho plástico en sí mismo. Será entonces la mirada del espectador, educado en la religión cristiana, la que otorgue todo el matiz religioso que indudablemente tiene el tema en el que se ha sumergido nuestro artista.

Así se manifiesta desde el propio montaje expositivo, al que se añadió una instalación con velas en el ámbito más íntimo del recinto, simulando el altar o el santa sanctorum de la sala expositiva de San Martín Pinario. Se incide así en esa estrategia de elevar el tono, evocar una atmósfera de devoción a la vez que se invita a reflexionar sobre la vida y la muerte en general, con recogimiento e intimidad.

 


Esta apuesta escenográfica tan teatral no hace sino dramatizar el hecho mismo de la crucifixión. Fuera de cualquier adscripción religiosa la obra del autor es una suspensión del hombre entre la vida y la muerte. Los óleos realizados en los últimos años inducen a examinarlos con una mirada nada inocente. Porque, es inevitable, los vemos como trasposiciones del momento presente, como sufrientes de un mundo actual en el que miles de refugiados se ven obligados a salir de su tierra buscando una mejor vida, y además de no encontrarla, pueden fallecer en el intento.

 


Lejos de agotarse el símbolo iconográfico tradicional de la crucifixión, se rastrea hasta hoy y sin visos de que se acabe. Son muchos los artistas, incluidos los descreídos, que cayeron en la tentación de abordar una temática largamente tratada y con ella llegar a soluciones tan magistrales como las alcanzadas por Bacon o Barceló, y que el pintor gallego indudablemente conoce.

Alexandro también ha visto y sentido la Crucifixión Blanca, de Chagall, sólo que las personas desesperadas que tratan de escapar del lienzo chagalliano son sustituidas por los elementos ordinarios con los que día a día nuestro artista se topa por sus paseos por Muxía: esos perros o gatos en escapada y esas florecillas silvestres que aluden a recuerdos personales; la belleza de la vida y los usos y costumbres de una villa en perpetuo movimiento. Estos lienzos no narran leyendas ni alegorías, son formas contenedoras de pensamiento que, como hemos visto, no se atienen a un único contenido.

A pesar de ello, Alexandro aporta una visión totalmente personal, traicionando la imagen académica de Cristo crucificado porque ninguno de sus cuadros, ni los realizados sobre lienzo o papel, portan cruz alguna. El símbolo por antonomasia de sacrificio y salvación brilla por su ausencia.

Entonces, pueden llevarnos a pensar en la metáfora de la comunidad humana en general, desplomada y desgarbada, que padece sufrimientos sin fin. Es probable que sean muchos los visitantes que se vean identificados con estos potentes lienzos o más sutiles dibujos, como mártires o prototipos de hombres dolidos, silentes y un tanto melancólicos. De hecho, el viejo mito de la santificación del dolor humano proyecta su alargada sombra en la historia del arte hasta hoy mismo. Así, cualquier visitante se verá reflejado en estas imágenes, cual nuevos mártires, prototipos de hombres al borde de la ruina.

 


Hoy, Alexandro ya no se centra en las aturdidas cabezas de sus inicios. Ahora concentra toda su sensibilidad en la fragilidad humana a través de cuerpos densos de pintura cargada de pasta, lanzada como arma herida. Consigue, a pesar de tal espesor, que los torsos leviten o trasciendan en fondos neutros que nos transportan al espumoso Atlántico, que tantas muertes se ha cobrado en sus agitadas aguas; y en sus gamas azules nos lleva a las profundidades marinas de la mítica Costa da Morte, en la que Alexandro se instaló hace ya varias décadas.

 


Cuerpos desvanecidos, caras desquiciadas o sin rostro, torsos construidos con materia pictórica en trompe l'oeil, lanzados al espacio o abocados por la atracción del abismo. Así lo sugieren los círculos sobre los que están a punto de precipitarse las informales figuras, pero que lejos de sumergirse en ese pozo sin fondo se levantan victoriosos y en algunos casos, parecen participar de una danza de la vida aunque ese paseo coreográfico penda de un velado hilo tan frágil que se puede truncar en una fracción de segundo.

Por ello, vivamos la vida y con luz. Precisamente de lo que peca la sala de San Martín Pinario. Por fortuna, hoy está iluminada por el soberbio catálogo editado para la ocasión por Teófilo Edicións. Aconsejable la visita a esta exposición en pleno corazón de Compostela.