El Correo Gallego

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{PENSAR POR PENSAR}

XOSÉ A. PEROZO

El símbolo de Meirás

13.08.2017 
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El propósito de tener cerca al dictador no fue gratuito. Cuando los franquistas coruñeses, con Barrié de la Maza a la cabeza, decidieron donarle el pazo de Meirás al generalísimo pensaban en clave de corte regia. Tener el descanso del poder a las puertas de sus casas representaba privilegios y, suponían, influencias y riqueza. Imaginaban que tras la familia gobernante habrían de venir el séquito de ministros, generales, militares, servidumbre…. La inversión, por tanto, se presentaba con buenas perspectivas.
Pero había un riesgo. Si el dictador aceptaba la dádiva y luego no hacía uso de ella, todo el gozo caería en el pozo del cuento de la lechera. De ahí que la estrategia se planteara como una inversión lo menos arriesgada posible para los bolsillos de los promotores, quienes no hubieran tenido problemas para sufragarla con sus capitales. Pero, como estaban en un régimen de absoluta impunidad recurrieron a las buenas prácticas del abuso, el robo, la imposición… utilizando la lógica con la que muchas familias se enriquecieron durante las cuatro décadas gloriosas, teniendo en cuenta que por entonces el concepto de corrupción no tenía acogida ni en sus conciencias ni en el código penal. Pagó el pueblo subyugado con falsas donaciones voluntarias. El dictador y familia le tomaron cariño a la mansión de doña Emilia Pardo Bazán, se apropiaron de cuanto en ella quedaba de importancia y revalorizaron la propiedad privada con dinero público.
Sí, el dictador veraneó en A Coruña y con él llegó el arreglo de las carreteras por las que había de pasar y una pequeña corte asentó sus reales en la zona. Poca cosa comparado con los latrocinios de la familia. Por entonces, contaban las leyendas urbanas, muchos joyeros cerraban sus negocios durante el verano por temor a la visita de Carmen Polo de Franco, quien elegía, llevaba y no pagaba. Decía el viento que los empresarios de joyería gallegos suscribían costosos seguros para protegerse de “la señora”. La misma leyenda apócrifa afirmaba que “la collares” arrampló con imágenes y tallas barrocas, algún cruceiro histórico y pinturas que le fueron obligatoriamente obsequiadas por la curia y las piadosas monjitas de los conventos de clausura, recorridos en permanente oración. No sólo el brazo incorrupto de santa Teresa había de proteger el sueño y los pensamientos del salvador de la reserva espiritual de occidente. El arte y las joyas velarían por el bienestar de su alma.
Muerto el generalísimo, enterrado con todos los honores de Estado y bendecido con una tumba faraónica, el país de la reconciliación se ofreció para hacer borrón y cuenta nueva. Es evidente que nos equivocamos. No se saldaron las cuentas debidamente y el caso del Pazo de Meirás es el más alto símbolo, junto con el Valle de los Caídos, de cómo las sombras del pasado consiguen todos los días proteger una memoria histórica, con la que borrar la que durante cuarenta años fue enterrada en las cunetas fratricidas. Además de los honores, los herederos de quienes usurparon poder y fortuna gozan de aquellos botines de guerra y paz protegidos por su absoluta inocencia personal.
No nos engañemos con peticiones de devolución y protestas. La historia de las guerras y sus consecuencias es siempre sorda a las reclamaciones del paso del tiempo. Ninguna de las grandes fortunas ha pagado nunca las deudas de sus orígenes oscuros. Los ilícitos capitales amasados por Franco y los suyos hoy circulan bajo la protección de las leyes, que nosotros mismos nos hemos dado y aprobado desde la legalidad democrática. En los cuarenta años posteriores a la muerte del dictador hemos dado carta de legalidad a la corrupción de la larga noche de piedra. Muchos herederos conforman ya la tercera generación de quienes ganaron aquella guerra que, a muchos otros abuelos -como al mío materno- le costaron la ruina, la muerte y el olvido por pensar diferente a ellos.
El Pazo de Meirás pertenece al balance de esas fortunas heredadas y es probable que para devolverlo al pueblo, cumpliendo la legislación, sea necesario pagar por él con dinero público. Triste y vieja realidad. La prescripción de los delitos fue un gran invento de los poderosos que acatamos los demócratas. Por eso el pazo coruñés es un símbolo terrible y, quizás también, porque cada vez que abre o cierra sus puertas nos está comunicando que el franquismo, como los errores históricos de aquel Felipe II, quien arruinó la economía española de su tiempo, terminará por tener un espacio glorioso en la leyenda de los asesinos que alcanzaron a morir en los lechos del poder sin ser condenados.