El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSE MIGUEL GIRÁLDEZ

El vértigo

13.07.2018 
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EL VÉRTIGO que nos lleva hacia agosto, hacia sus dulces brazos, es mareante y produce resaca, pero es que la realidad viene preñada de muchas cosas, sean reales o ruidosas. Ya les advertí que estábamos en tiempo de repicar campanas, quizás lógico tras la larga e infinita quietud, pero el ciudadano va necesitando una tregua, una limpia neuronal. Hay una tamborrada en los informativos. Todo es un dos por uno, todo es atender tantos frentes que no hay Twitter que lo soporte. Hay una repentina obsesión por el hacer, y en este país somos así, un poco ciclotímicos, y tan pronto nos pasamos como nos quedamos cortos. El temple y el talante deben prevalecer, más con la calor y la tormenta azuzando, más con la jauría de las nubes destrozando los cultivos con saña. Julio se apura como buenamente se puede, esperando el final, la nada, el delicioso vacío. La desconexión.

El ciudadano tiene derecho al olvido tecnológico y a la siesta analógica. Conviene no destripar la siesta. Conviene mantener algunas cosas, entre ellas el sosiego. Pero este es un tiempo de grandes alarmas, de urgencias desatadas, vivimos bajo el aullido de mil mensajes, estamos dominados por la supuesta masa de las redes que para algunos es hoy la música de las esferas. Todo está desatado y desabrido, hay mil caballos galopando ahí fuera, y me temo que no todos llevan un razonable jinete, si es que no llevan aquel que iba sin cabeza. La modernidad debería tener que ver con la ciencia y con el conocimiento, no con la voz altisonante de algunos filósofos tuiteriles. Pronto podremos ver el tamaño de semejante estafa, pero me pregunto si no será demasiado tarde. El ansia viva del futuro que no llega, salvo quizás en la tecnología, nos corroe el corazón, pero no puede perderse la sensatez por el camino, ni las formas. Entre el hacer y el no hacer aún tiene que haber espacio para el pensar. Hay exceso de palabras, frases, ocurrencias, un lenguaje de paja a menudo banal, casi siempre alimentado por el ardor mediático, pero nadie logra armar una sintaxis coherente, algo que sea amable, y poético y generoso. De alguna forma se han afilado las lanzas cotidianas. Se ha desenterrado el hacha vecinal, muchos se han tragado el anzuelo de la perpetua insatisfacción, de la bronca como una de las bellas artes. Y los adolescentes jugando al Fornite, como evasión, o sea.

Cuando la realidad ya no apetece, a causa del ruido. Cuando esperas que agosto te rescate. Cuando el lenguaje es más muro que puerta. Llega entonces Trump y remata la jugada: campeón de la regañina telegrafiada en tuits, esa narrativa del despropósito que bien podría convertirse en monólogos sin maldita la gracia. En los informativos leo que azota a Europa. Es el azote de ese lenguaje de exigencias y broncas al que asiste el mundo. Lo ciclotímico se apodera del lenguaje propagandístico. La realidad se construye en las redes, las tendencias se montan y se desmontan, la opinión pública se moldea como la arcilla. Todo viene encapsulado en un lenguaje que no pasa por nuestros filtros domésticos. Nos alimentan con palabras falsas mientas dirigen el mundo con gestos autoritarios. La realidad no existe, ha sido sustituida por una realidad nueva, voraz, ruidosa, áspera, fea y brutal. Qué estafa.