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tribuna libre

TORCUATO LABELLA

El cuento de los jubilados y el autobús

13.10.2017 
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Hace muchos años, un buen amigo me hizo partícipe de un cuento que ya había olvidado, y no sé por qué, me ha venido estos días a la cabeza. El cuento comienza en un club de jubilados en el que se reunía una tertulia de unos cuantos que eran aficionados a los viajes y pensaron, que ya que no tenían que trabajar, podrían dedicar lo que les quedara de vida a viajar. Entonces llegaron a la conclusión de que lo más práctico era comprar un autobús de sesenta plazas y tratar de reunir entre los del club el número suficiente de personas para poder adquirirlo. Y consiguieron hacer el grupo.

Antes de comprar el autobús, a pesar de que el deseo de todos era viajar, pensaron que se podría plantear el problema de que unos quisieran ir a un sitio y otros a otro, y decidieron que lo mejor era hacer un reglamento para el uso del vehículo. Todos quedaron de acuerdo en que era lo razonable.

Acordaron entonces formar una comisión de unos cuantos que hiciera el reglamento y una vez que estuviera terminado fuera sometido al juicio de todos para discutirlo y tener la posibilidad de introducir algunos cambios que fueran de común aceptación. Se hizo el reglamento, se discutió, se reformó en algunas cosas y se aprobó por fin. Entonces formaron una sociedad y compraron el autobús.

El reglamento decía, en esencia, que todos los copropietarios tenían derecho a viajar en igualdad de condiciones. Que el autobús tenía como único fin el viaje a donde los propietarios quisieran. Que no se podía vender, salvo en unas determinadas condiciones que debían ser aprobadas por todos. Que antes de cada viaje, propondrían los socios varias opciones a dónde ir y que se viajaría a donde la mayoría quisiera. Que lo viajes durarían un mes. Que los que ganaran la opción de cada viaje serían los encargados de buscar y contratar los hoteles, las excursiones y las visitas a museos, si ese era el caso. De común acuerdo se nombraron a tres personas para si se planteaban dudas sobre la interpretación del reglamento en alguna cosa fueran ellos los que dijeran en qué lo contravenía o se ajustaba mejor al mismo. En el primer viaje ganaron los que querían ir a la playa y todos aceptaron el resultado de la votación. Para el siguiente, uno de los que le gustaba la montaña, convenció a varios de los "playeros" y ganaron los "montañeros", por lo tanto hicieron un precioso viaje por las sierras del país.

En vísperas del tercer viaje, se formó un nuevo grupo con partidarios de hacer un viaje más cultural que proponía visitar varias ciudades para ver museos y monumentos. Se sometieron a votación las tres opciones y ganaron los aficionados a la montaña, pero no por mayoría absoluta. Entonces el líder de los montañeros habló con el de los culturetas y llegaron al acuerdo de que si estos apoyaban a los primeros, irían a la montaña, pero que debían hacer conjuntamente un programa de viaje que incluyera pasar por las ciudades con los monumentos más afamados y los mejores museos. Así se hizo.

La cosa comenzó a complicarse porque desde el principio había un protestón que no le gustaba mucho viajar en común y convenció a otros dos que formaron un grupo de tres y dijeron que ya no querían viajar juntos y que le dieran su parte de autobús. Que habían hecho un cálculo y que les tocaban las ruedas de delante además de los tres asientos que solían ocupar y que lo que iban a hace era desmontar las piezas para llevárselas. Los demás, naturalmente, dijeron que eso no se podía hacer, que contravenía el reglamento porque sin ruedas el autobús no funcionaba y que el fin del vehículo era viajar. Como el resto de los socios era gente de buena fe y no tenían ganas de discutir, le prometieron a los tres destructores, que si desistían de su idea, les rebajarían a la mitad el coste del viaje. Entonces, de mala gana, lo aceptaron, pero no se olvidaron de su idea.

Así se sucedieron varios viajes y los destructores, para desistir de su finalidad, cada vez fueron más exigentes. Unas veces apoyaban a los playeros y otras a los montañeros. Llegó el momento en que viajaban casi gratis. En vista de las prebendas conseguidas el grupo de los destructores fue cada vez más numeroso.

Llegó un momento en que nadie fue capaz de convencer al ya importante grupo destructor que se plantó en banda y dijo que por las buenas o por las malas se iban a llevar no sólo las ruedas y los diez asientos que les correspondían sino que ahora exigían también el motor y la caja de cambios.

El cuento, me decía mi amigo, tenía dos posibles finales. El primero, es que todos los grupos que no formaban el de los destructores, por no tener un disgusto, dejaron que se llevaran las piezas que exigían y se quedaron con el autobús roto y sin viajes. El otro final es radicalmente diferente. Puesto que los tres encargados de interpretar el reglamento dijeron que los destructores no llevaban razón alguna en sus exigencias, cogieron al jefe destructor y lo ataron a un sillón del autobús, dado que legalmente no podía expulsarlo puesto que era copropietario.

Además acordaron que a partir de ese momento, todo lo que habían conseguido los destructores lo perdían y tenían que pechar con los gastos como cualquier otro socio del club. Y así, a pesar de las protestas de los destructores, que dado el éxito de sus descabelladas exigencias, cada vez fueron menos, continuaron los viajes. Y colorín colorado, este cuento de ha acabado.

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