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{TRIBUNA LIBRE}

MANOLO FRAGA

La abuela biloba

13.10.2017 
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El jardín de Fonseca se ha quedado viudo tras la tala de la hembra de ginkgo biloba, especie oriental que abruma por sus colores. El sol de poniente contra sus amarillas hojas caducifolias te ciegan como si mirases de frente al astro. Es tan intensa su belleza como antesala del Obradoiro y sus lirios que el tiempo se frena. Sentado a la única sombra, observo cómo llevan el duelo la hierba, la fuente y la pareja superviviente. Ya no hay restos de sus brazos, solo el tronco cortado mantiene vivo el recuerdo de donde está sepultado.

La abuela biloba había crecido hasta los 22 metros y de largo pasó de los cien años, hasta 130 dicen los obituarios de prensa. Durante su estancia en este mundo pudo ir a la universidad. Le gustaban más las letras que las ciencias. Con el tiempo adquirió habilidad para escribir, actividad por la que desarrolló una extraordinaria pasión. Hasta el punto de quedarse cada noche a plasmar la historia de cada día, aunque lloviese –que en aquel tiempo no paraba a lo largo y ancho del curso–.

Vivió los orígenes troyanos, viendo pasear a estudiantes, profesores y mocitas. Casimiro Barcala le hacía mucha gracia, porque siempre andaba “argallando”. Por Panduriño, el más pobre de la tropa, sentía cariño protector. Cuando se hizo grande pudo divisar los pabellones que se construyeron en la Alameda, y hacia lo que hoy es el campus, para la exposición regional de 1909. Y al cumplirse el centenario participó, con enorme nostalgia de su mocedad, en el gran desfile de época que el concejal Pepe Baqueiro organizó en las fiestas del Apóstol. Ese 25 de julio lució sus mejores galas y hacia el anochecer bailó con el abuelo biloba por última vez. Ella ya sabía que sus raíces estaban infectadas por un hongo destructor. Entonces pensó para sí que se llevaría a la tumba la memoria de un siglo compostelano, y se alegró de haber recogido cada noche los sentimientos del día: los suyos y los que percibía e intuía desde su atalaya y edad. Cada mañana le gustaba charlar con las Marías, el heladero-castañero, Rosalía y la lechera. A don Ramón solo lo saludaba, porque no se atrevía a importunarlo, debido a su fama de carácter áspero.

Estos últimos tiempos, a la luz de la luna, su árbol consorte le recitaba el diario romántico e inagotable que ella misma había escrito de puño y letra, rebosante de historias, emociones, santiagueses… Ahora continúa leyéndoselo.

El autor es periodista