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LUIS PÉREZ

El diálogo quedó viejo

12.10.2017 
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SIGO sin saber si Puigdemont proclamó realmente la independencia de Cataluña o no. Resulta curiosa la disparidad de criterios que sobre el asunto tenían ayer los periódicos de Cataluña de los del resto de España. Los medios catalanes, recogiendo el sentir de la calle, consideraban que no. Lógico, tras el anuncio del presidente. Asumía -utilizó este verbo- que sí y menos de un minuto después la suspendía. La fiesta se convirtió en funeral. No había más que ver las caras de los diputados independentistas, en especial los de la CUP, y de los cientos de personas que seguían la sesión a través de un plasma exterior.

Cualquier independencia que se precie se celebra al menos con fuegos artificiales y, siendo en Cataluña, con cava a borbotones. Por lo demás, una sesión estrafalaria, con bulo de por medio. Me refiero a la falsedad de que el retraso en el inicio se debía a la aparición de un mediador capaz de hacer milagros cuando la realidad era que la CUP tenía un monumental cabreo por la frenada y marcha a atrás de Puigdemont.

Por el contrario, en la prensa del resto del país se dio por hecho que la independencia había sido declarada, aunque al mismo tiempo suspendida. O sea, sí pero no. Es raro que nadie de por ahí haya tildado a Puigdemont de ser muy gallego en su comportamiento. Claro que el president, como buen discípulo de Mas, dirá que la confusión se llama astucia.

No pretendo ser equidistante, pero ambas interpretaciones tienen parte de razón. Aunque lo de menos es lo que formalmente sucedió porque en el fondo todo lo que hace la Generalitat desde hace cinco años es una declaración de independencia. Muchos en Cataluña creían que este día sería una fecha histórica, que el 10 de octubre sustituiría al 14 de septiembre como Día Nacional de Cataluña. Ya no será así, por mucho que Puigdemont lo certifique por escrito a Rajoy.

Estoy convencido de que el presidente del Gobierno tiene claro lo que ocurrió el martes. De lo contrario, no citaría a Sánchez a altas horas de la noche para abordar el asunto. Ni convocaría un Consejo de Ministros al día siguiente a primera hora de la mañana. No obstante, aun sabiendo la respuesta, pregunta si se ha declarado o no la independencia, y le da una segunda oportunidad, un plazo mayor, para que deponga la insurrección.

Llegados a este punto, apelar al diálogo no soluciona el problema. En este momento no se dan las condiciones para que se produzca. Lo saben todos los que andan en el asunto. Insistir en esta vía es una pérdida de tiempo que agrava la situación. La única salida vendrá con unas elecciones cuando pasen los momentos de tensión, y pasión, y que con una nueva hornada de políticos catalanes se vayan apaciguando los ánimos. O sea, ad calendas grecas.

Periodista