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LUIS CARAMÉS VIÉITEZ

Otoño tardío

15.11.2017 
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COMO una tarde del otoño viejo machadiano, esa sensación de melancolía que aparece con el verano que se ha ido, uno se pregunta si a las personas les pasa como a este clima sorprendente, con estaciones de límites borrosos e inciertos, al aumentar la esperanza de vida. Pero quizá no, porque el estar bien no es simplemente estar vivo, sino vivir. Y la paradoja la lleva en su frente este mundo construido sobre la eterna juventud, en el que la muerte se esconde y la enfermedad se percibe como una injusticia.

Un verano obstinado en perpetuarse, con una cola que aún brilla hacia el oeste, imposible decirlo mejor que con el verso de Ángel González. La no aceptación del límite produce angustia, la ansiedad de la tecnología que se detiene a las puertas del misterio. No llueve, la humedad se vuelve tierra seca. ¿Qué hacer?

Se oyen cantar a pájaros insomnes, parecieran víctimas de agresión lumínica. Las pautas clásicas del cambio de estación se desvanecen, como lo hacen las ilusiones de quienes viven primaveras en otoño, al revés que Rubén Darío. Caerá la flor, queda la rama, la rama para hacer el nido, no temas al otoño, recomendaba el gran poeta Leopoldo Lugones. Pero ahora, quienes prescriben la opinión más a la moda, construyendo el deseo, varios deseos encadenados, consiguen confundir tiempo y edad, futuros siempre al alcance de cualquier mano, pero no llueve.

¿Y si no sólo no lloviese, sino que fuésemos regresando hacia el invierno, acostumbrados ya a la sequía? Las sociedades ingenuas, indigestadas de soberbia, encontrarán al culpable y ayudadas por sus entrenadores personales, se reafirmarán en espejismos varios, pero continúa sin llover. Cremas, lociones, bótox cuarto y mitad, subida de nalgas prietas, coches que se conducen a sí mismos, la enésima versión del celular de mil funciones. El progreso necesita sustancia de alma y razón, le sobran presunciones. Y no llueve.

Ya se pasa de los ochenta de media, sólo nos supera Japón. Y allí, en el rincón de la residencia, que tiene de todo, faltaría más, unos ojos depositan la mirada en la tarde de las mil arrugas, una mano de noviembre que tiembla, perdida la memoria de una caricia. ¡Cuánto progreso! Ya nuestros viejos pueden estar más años en una soledad espesa, llena de coartadas. Ellos, que han visto llover tanto. Y piensan en el milagro: ¿y si nos quisiesen? Entonces, probablemente, llovería.

Catedrático de Hacienda Pública