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{ a son de mar }

JUAN SALGADO

No olvidar la universidad de ahora mismo

20.03.2017 
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NADA como vivir desde la cercanía que brinda la inmersión de personas próximas en el mundo académico para percibir, a través de sus testimonios y referidos a personas de su más directo entorno, las numerosas vías de agua que respecto de los alumnos presentan instituciones tan cualificadas como la cinco veces centenaria Universidad compostelana.
Proximidad que permite, a la vez, ver lo equivocado de las indignaciones estudiantiles que en sus manifestaciones se quedan en la generalidad que supone pedir una educación de calidad, cuando el día a día es río subterráneo que se va cargando de razones y abusos que quedan del lado del olvido o, todo lo más, de la exclusiva reivindicación de quienes las sufren en sus propias carnes.
De una universidad debiera esperarse, por encima de todo, la agilidad suficiente como para saber encontrar una solución para cada problema y alejarse de esa fauna de imbéciles con que los británicos definen a los burócratas que aplican los reglamentos al pie de la letra.
Lejos de ello, la sacrosanta libertad de cátedra que debiera estar para responsabilidades de más calado que la burocracia, el capricho o la terquedad de la intransigencia, está propiciando situaciones de auténtico desamparo en estudiantes que, con economías familiares no precisamente boyantes, se ven obligados, por citar un ejemplo, a repetir un último curso de carrera al impedírsele examinarse de una asignatura porque aquí no se le aprueban unas prácticas superadas con nota en una facultad de superior acreditación académica que la compostelana.
Por seguir con los ejemplos, las lagunas burocráticas que presentan, en la práctica, las convocatorias de Trabajos de Fin de Grado debieran figurar, por derecho propio, en los anales de los despropósitos. Y nadie parece dispuesto a medir las consecuencias que esas actuaciones arbitrarias o no bien previstas representan para alumnos cuyo futuro laboral depende de la inmediata resolución académica de ese último trámite y que, pese a ello, se demora hasta el infinito.
De algunos de los máster que se imparten poco más cabe decir que lo que se ha dicho ya en reiteradas ocasiones. Desde la inutilidad de muchos de ellos al afán exclusivamente recaudador de tantos otros. Algo que pone muy seriamente en cuestión a los responsables de su autorización.
La recurrente apelación al Valedor del Estudiante es una solución solo parcial por cuanto, como le ocurre a los defensores y valedores políticos, su capacidad de gestión está absolutamente maniatada por una burocracia que se invoca como insalvable tabla de la ley y el solo ficticio derecho de la igualdad. Es decir, no caben excepciones, por más racionales que nos parezcan para corregir mayúsculos despropósitos.
Por fortuna, hoy son impensables en las aulas y en el discurrir académico universitario situaciones como las vividas años atrás en los tiempos estudiantiles que nos eran propios. Algo se va ganando.
Pero ahora mismo, cuando el debate se centra en la búsqueda de la universidad del futuro, no estaría de más no dejar de lado a la del presente. Con sus miserias y grandezas, que también las tiene. Especialmente para que una institución que se dice y se proclama docta aprenda a comprender a sus propios estudiantes.
Y no parece.
jsalgado@telefonica.es