El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Trilogía de la guerra

14.03.2018 
A- A+

ME encuentro con Agustín Fernández Mallo (AFM), el escritor coruñés que ha ganado este año el premio Biblioteca Breve. No es la suya una novela breve, empero. Trilogía de la guerra’ reúne tres historias tan fluidas como poéticamente densas, pues AFM es de esos autores que introducen tantas líneas rojas y tantas luces parpadeantes en una sola página que no hay tiempo para aburrirse. Es la literatura del todo, la teoría del todo. AFM lleva años de coherencia formal y vanguardista, haciendo añicos (sin ir en contra de nada, como él dice) la normalidad realista. Pero él es realista realmente. Lo es porque habla pegado a la realidad en varias dimensiones, incluyendo la cuántica, que introduce esa incertidumbre en cada uno de nuestros actos. Sucede que AFM es físico y conoce el percal cuántico, y cuánto se esconde en lo cuántico. En el Hotel Plaza, con Javier Pintor, gran conseguidor de emociones literarias, AFM me recuerda aquellos días de la Nocilla, o se lo recuerdo yo. Rompió algunas cinturas literarias con su baile provocador. Siempre había paisajes americanos, carteles herrumbrosos. Sigue ocurriendo. En su reciente recopilación poética hay dos versos de Robert Smithson que explican su literatura, y también lo que pasa en esta extraordinaria novela, que constituye un gran retablo del siglo XX: “necesito un mapa que me muestre el mundo / prehistórico, coexistiendo con el mundo presente”.
La novela se inicia en la isla de San Simón, un lugar en el que confluye la memoria pasada y la presente, y también las nuevas tecnologías y las redes sociales. En AFM hay una conexión entre pasado y presente, los muertos dan la mano a los vivos y los mantienen en pie. Lorca se aparece en Central Park. Y un astronauta, Kurt, el cuarto que viajó e hizo todas las fotografías (por eso no aparece en ninguna) explica el mundo desde los Estados Unidos, con la guerra de Vietnam al fondo. Mallo escarba y sale la guerra y la sombre de Caín (el primer entierro de la historia, dice).
Es entonces cuando dice que ve bastante la televisión, porque es una presencia permanente: “lo bueno y lo malo: la televisión es todo eso”. AFM integra los símbolos en la vida cotidiana, descubre con habilidad los resortes mediáticos y los botones que nos gustaba apretar en la cultura pop. Por eso cree que la inocencia de Mickey Mouse ha desaparecido, hasta convertirse en una vaca. La inocencia no tiene cabida en un mundo que rezuma información y mentira, para él, lo peor que nos puede pasar. Nadamos sobre los detritos del tiempo pasado, construimos sobre ellos. Sus distopías explican el futuro: la televisión, en cambio, se agarra al presente y quiere que nos alimentemos cada día con ella. Una nutrición muy dudosa. AFM descubre que la guerra es lo que está, al final, ahí abajo. Por eso la novela termina recorriendo Normandía. El fuego que devasta África va ascendiendo, como el desierto: Mallo ofrece una foto onírica de una España vaciada por el secarral, convertida en una pista de despegue. Cree que Europa, en cambio, es el último vergel del pensamiento: pero está cerca de quebrarse de nuevo. ‘Trilogía de la guerra’ enseña el ensamblaje del dolor bajo, la gestión del sufrimiento en esta edad de pantallas inflamadas y superfluas.