El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Quilombo

13.09.2017 
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LA televisión está llena de trucos, porque es un espectáculo. Todo se procesa para la pantalla, lo cual no es menos natural quizás que lo que nosotros, en los periódicos, procesamos para el papel. La televisión tiene unas exigencias de formato, claro, pero también tiene sus modas. Una de ellas parece derivar de este tiempo de broncas. Que Trump nos riña de vez en cuando en sus mensajes a menudo surrealistas puede producir risa o miedo, incluso ambas cosas, pero tiene que ver con el maniqueísmo de este tiempo. Y el maniqueísmo suele tener que ver con la simpleza. Por alguna razón se ha descubierto que un poquito de quilombo dialéctico da audiencia. También dolor de cabeza, pero ese es otro asunto.
Vivir la vida en tensión, saltando sobre todo lo que se mueve, tiene que ser muy cansado. Pero da dividendos a ciertas tertulias que imitan, supongo, a los cotillas del corazón. Se ha generalizado la bronca más o menos controlada, y no me extrañaría que algunos políticos (Trump, sin ir más lejos) hayan sido aleccionados en los beneficios mediáticos de la provocación. Yo, ya digo, encuentro todo eso muy cansando, y creo que lo mejor es no entrar al trapo. Hace ya años (aún sin el empresario norteamericano) ya se habían abierto camino en las televisiones el lenguaje visceral y los menudillos dialécticos. No descarto que algunos asesores lo hayan copiado, viendo que nos va la marcha. Lo grave es que en la televisión no sólo ha colonizado muchas tertulias o shows políticos (sobre todo en este país), sino que ha invadido, y esto ya es más global, los llamados ‘talent shows’, también de capa caída, salvo, quizás, los gastronómicos. Los jurados parece que se la tienen jurada a algunos concursantes, a tenor de lo que les dicen.
Ese torno borde que usan algunos se ha convertido alguna vez en motivo de popularidad de los que juzgan, no de los concursantes. Aunque también es verdad que estos últimos, en espectáculos de telerrealidad como ‘Gran hermano’ (más longevo, ay, en España que en otros lugares del globo), han jugado también al lenguaje grueso y a la provocación, aprovechando que siempre hay una cámara mirando. Si es un asunto de guión oculto, no lo sé. No digo que los diálogos estén escritos, pero la atmósfera de los ‘realities’ es algo que cualquier concursante domina a la perfección. Con todo, me incomoda más esa bronca de diseño que a veces despliegan los jurados (y no pocos tertulianos), y de la que Rito Mejide hizo una seña de identidad. Dicen que eso sucede porque todo el mundo acaba poseído del espíritu de la interpretación ante las cámaras.
La presencia obsesiva del lenguaje inconfortable, cuando no penosamente construido, ha hecho descender la calidad de la televisión, pero las discusiones airadas de plató parece que funcionan, aunque no se entienda muy bien lo que dicen. Como en las redes, donde aseguran que la negatividad y el tono bronco abundan cada vez más, con la circunstancia agravante del anonimato en muchos casos. Uno tiene la sensación de que para ser tenido en cuenta hay que ponerse borde, hay que ofrecer aristas, hay que sacar a relucir la descalificación y el desprecio. Triste tiempo de quilombos, discusiones impostadas, brutalismo político y arrogancias de tres al cuarto.