El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

¿Hay dioses intocables?

17.02.2017 
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SÓLO el fútbol está alcanzando el nivel de guerra abierta con el periodismo que ha alcanzado ya hace bastante tiempo Donald Trump. Trump está haciendo del periodismo el motivo fundamental de sus cabreos cotidianos, tuiteados o no. Cree que hay dos realidades: la que al él le gusta y la que cuentan los periodistas, que por supuesto no le gusta. Parece mentira que existan dos realidades tan dispares, tan contrarias. Parece mentira que en el tiempo de la sobredosis de información tengamos una batalla abierta por buscar la verdad. ¿Quién inventa la realidad? ¿Quién crea el paisaje de nuestras vidas? Trump no coincide jamás con lo que ven los periodistas. Jamás. También es casualidad. Él tiene su idea de la realidad, tiene el guión exacto de lo que pasa, un guión que le viene como anillo al dedo, y que no parece dispuesto a negociar. No tolera que otros se salgan del guión. Cuando uno manda, manda en la realidad, qué diablos: ¿qué gracia tiene, si no? Por eso la vida es como un programa de televisión: Trump piensa que puede crear la realidad, la suya, por eso no entiende por qué los periodistas insisten en buscar otros hechos reales, teniendo su estupendo guión gubernamental, sus documentos y sobre todo sus adorables tuits. Por Dios: lo tienen fácil, habrá pensado, y siguen con su manía de buscar una realidad alternativa. Ya les digo que algunos entrenadores de fútbol (y también algún jugador que otro) tienden a discrepar (no educadamente, sino con malos modos) de la realidad que dibujan los periodistas deportivos. Afortunadamente, se trata de algo mucho más inocuo que el surrealista asunto de la presidencia de Donald Trump. Sólo es fútbol. Pero no es poca cosa. Cada vez asistimos más a ruedas de prensa en las que algunos entrenadores de primera fila (quizás Mourinho fue, en esto, uno de los grandes) atacan abiertamente, incluso con un humor de perros, la realidad que dibujan algunos periodistas. Ya sabemos que cada uno cuenta la feria como le va en ella, pero hay hechos incontrovertibles, contemplados por millones de telespectadores, hechos que no dependen precisamente de una opinión, sino de una observación científica. El fútbol es el deporte televisado por antonomasia. La televisión y el fútbol son el binomio perfecto. Pues ni por esas. El sistemático desprecio que sufren algunos periodistas por el mero hecho de hacer preguntas incómodas (o tampoco tanto) no resulta muy aleccionador. Es muy fácil culpar al mensajero. Es fácil ironizar, burlarse, o poco menos, del profesional que acude a una rueda de prensa para preguntar, incidiendo en aspectos que cree decisivos, por ejemplo, a la hora de explicar una derrota. Salvando todas las distancias que haya que salvar, Trump hace exactamente lo mismo con la realidad. Sólo se cree la suya. Ve falsedades por todas partes. Le parece que los periodistas se han aliado para derribar su mensaje, para derribar su realidad e incluso para derribar su muro. Cada vez se extiende más esa forma un tanto prepotente de desacreditar a los que informan, a los que preguntan, a los que analizan. ¿Qué está pasando? ¿Acaso habría logrado el fútbol su enorme influencia y su gran éxito si no contara con un ejército de periodistas dedicados a él y con su omnipresencia casi cotidiana en las televisiones? ¿O hay que aceptar que hay dioses intocables?