El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

La entrevista

15.11.2017 
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LOS que solemos entrevistar a gente (escritores, en mi caso) soñamos con la madre de todas las entrevistas, con alcanzar al entrevistado inalcanzable, y en este plan. Tenemos algo de fetichistas, qué duda cabe. Esperamos un rato de intimidad o de cercanía que se parezca a la realidad sin micrófonos, que tenga autenticidad, aunque muy probablemente el entrevistado piense que tú sólo eres uno más de los que ha atendido esa mañana, lo cual, bien mirado, tampoco es injusto. Sin embargo, no conozco forma de periodismo más próxima al ser humano, más capaz de medir y sentir las pulsiones de quien tienes enfrente. Hay entrevistados más entrevistables que otros, pero lo peor de todo es caer en el automatismo, o en la indiferencia. Por una parte, o por ambas. Espero no haber caído nunca en eso, pero puedo comprenderlo, sobre todo si no puedes elegir. Una vez ante ti, debes decidir en qué grado de profundidad es posible realizar la entrevista. Y sobre todo, cuánta química existe entre el preguntante y el preguntado. Desde luego, puede entrevistarse a alguien sin química. Se pueden hacer muchas cosas sin química, pero me temo que acaba notándose. Para una buena entrevista se necesita un gran invitado, pero también capacidad de empatía, un poco de seducción, algo de encanto, paciencia, y, ya puestos, saber escuchar. Como ven, tengo en gran estima a los buenos entrevistados, pero en mucha más a los buenos entrevistadores.

Pensé estas cosas viendo el otro día a Jordi Évole ante Maduro, en una entrevista largamente anunciada. Es lo que se llama un acontecimiento potente desde el punto de vista periodístico, aunque otros lo llamaron perita en dulce. Reconozco que no sólo no se entrevista a Maduro todos los días, sino que, por lo que dicen, es algo que ocurre en pocas ocasiones. Pero Évole se ha ido ganando fama de preguntador de muchos recursos, a base, sobre todo, de combinar dureza y amabilidad. La entrevista sucedió en un decorado presidencial, con la figura de Bolívar en tres cuadros, el central solemne y con aire clásico. La escueta geometría del conjunto no se correspondía con el tono campechano que de vez en cuando se abría camino, supongo que en los intentos de Évole de generar confianza, vamos, buen rollo, y lograr algo más que declaraciones esperables y previsibles. La composición tenía gran fuerza televisiva, y la luz se arrojaba sobre los contendientes, perdón, sobre entrevistado y entrevistador. Hubo su intercambio de golpes dialécticos, sin llegar a ese acorralamiento del que Maduro había hablado, y Évole tiró mucho del recurso grabado, el testimonio de otros, sobre todo el de los más desfavorecidos por la enorme crisis económica. La escena del montón de billetes necesarios para comprar, creo recordar, azúcar, que Évole colocó sobre la mesa, tuvo su efecto. Sin embargo, el alto valor mediático de la entrevista seguramente devoró parte de las expectativas, porque, a estas alturas de la película, los líderes políticos, los que sean, conocen muy bien el manejo de las palabras y la importancia de los silencios. Ya nadie se calienta la boca hablando, salvo en los mítines, o si habla para los suyos. Así que parece que muchos esperaban bastante más de tan singular encuentro. Bueno, aún falta la segunda entrega.