El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Carnestolendas

13.02.2018 
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EL Carnaval se desparrama por las pantallas como un confeti irrefrenable y satírico, una gozada liberadora de los muchos atrancos del presente. Los antropólogos ven en el Carnaval el origen del festín humano, la suspensión de las férreas normas sociales para volver, sin miedo a la censura, al verdadero lenguaje de la tribu. Revitalizado en las últimas décadas, el tiempo de las Carnestolendas ofrece una mascarada liberadora que devuelve al pueblo la lengua afilada, las charangas ruidosas como cencerros, los cánticos repetitivos o chirigotas, mayormente de Cádiz, donde lo bordan, como letanías irreverentes que describen a su modo el estado de la nación. En Galicia el Carnaval es pura antropología, que le pregunten a Mandianes. Tenemos festejos viejos, figuras que van más allá de lo conocido por los telediarios, osos, peliqueiros y cigarróns, generales y correos en el Ulla, nada que ver con la mascarada contemporánea, sino con una tradición que, sobre todo en Ourense, ha devenido en gran atractivo popular. También la gastronomía asociada, pues sin comida no hay alegría. Xinzo, Verín o Laza, grandes ejemplos, o La Bañeza en León, con los guirrios y las madamas. El Carnaval brota con la esencia lupercal del calendario, preparada la tierra para el cultivo, mientras la nieve se funde, sin llegar por supuesto a aquellos desfiles romanos de iniciación para jóvenes guerreros: todo se mezcló maravillosamente con el paso del tiempo, pero nunca se perdió el espíritu picaresco de la protesta y el bullicio sonado.
Hoy el Carnaval sale en las televisiones como reclamo y como recuerdo de que tenemos tres días para la parodia, el cocido y la charanga. No es para tirar cohetes, pero parece una de esas espitas que se le dan al pueblo o que el pueblo se busca. El Carnaval simboliza la igualación de papeles por unos días, el intercambio de roles, empezando por el intercambio de sexos, la posibilidad de ser lo que no somos, como en Roma los esclavos se vestían de patricios, con todas las consecuencias. No se me ocurre mejor manifestación de libertad y desparpajo, aunque durante siglos tuviera mucho de retablo de pícaros y tunantes que daban tema a pintores, pues la miseria siempre dio mejores cuadros que el lujo, aunque peor pagados. La concentración de elementos paganos y religiosos devino en una mezcla fastuosa y explosiva que, ante todo, hacía saltar en pedazos cualquier ofensa puritana. Nadie sacaba el memorial de agravios, o casi nadie, aunque para eso ya tenemos el resto del año.
El Carnaval conserva aún esa autenticidad de la calle y esas frases de la gente común que arma ripios trovadorescos para defenderse. Es algo muy honesto y necesario, pues no hay salvación mayor para el pueblo llano que el humor y la sátira. Por más que Larra insistiera en que el Carnaval es perpetuo, pues abunda el antifaz y la hipocresía durante todo el año, y no faltan ejemplos, no es menos cierto que su vena liberadora, su quiebra, en fin, del férreo y mediático corsé de la corrección política, lo hacen hoy a mi entender más necesario que nunca. Veo muy saludables para el cuerpo y la mente estos días de sátira continua, esta celebración festiva y libre que cuestiona el nuevo tiempo ferozmente infantiloide y owelliano.