El Correo Gallego

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{EL SONIDO DEL SILENCIO}

JOSÉ CARLOS BERMEJO

La idiotez como arte y como ciencia

13.08.2017 
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Es costumbre, y a la vez da una nota de buen tono, comenzar la disertación sobre un tema empezando por la etimología de la palabra de la que se va a hablar, pues aunque a veces no sirva para nada, permite a quien escribe exhibir su erudición. Si la palabra de la que se trata proviene del griego se consigue además dar una nota de solemnidad, que puede rozar los límites de lo místico al desvelar el sentido oculto de las palabras que utilizamos, y del que casi nunca nos damos cuenta cuando tenemos esas palabras en la boca. Bromeaba sobre este tema uno de nuestros grandes helenistas, el maestro Luis Gil, cuando decía que el conocimiento del griego es una cosa muy útil, pues nos permite saber, por ejemplo, que todas las palabras castellanas que comienzan por gine- significan mujer, como por ejemplo ginebra. Sintiéndonos más próximos al humor del profesor Gil que a la sabiduría casi chamánica de un maestro de la filosofía como Heidegger, comenzaremos nuestra modesta labor con la lengua griega.

En griego la palabra i­diotés designaba al ciudadano particular que atendía a sus asuntos y se desinteresaba de la política de su ciudad, en la que no veía muchos cauces de participación y quizás ningún sentido. Era un mero ciudadano privado, pero la palabra que lo designaba no tenía nada que ver con los términos tonto, memo o cretino, que nosotros utilizamos como sinónimos de idiota. Sin embargo, el sentido etimológico originario nos puede permitir comprender que en nuestro mundo y sus lenguas existen básicamente dos clases de idiotez y dos tipos de idiotas, en los que todos y cada uno de nosotros estamos incluidos, pues la idiotez es congénita a nuestra propia naturaleza, o quizás esencia humana. Se trata de la idiotez considerada como un mero arte y de la idiotez considerada como ciencia, sistema o método. Los idiotas del primer grupo, a los que pertenece con orgullo el que esto escribe, somos unos meros artesanos de la idiotez, a la que cultivamos en el régimen jurídico propio de los autónomos. Los idiotas del segundo grupo, que por suerte siempre son minoría, cultivan su idiotez con tesón, la sistematizan en un auténtico método, fijan sus reglas y crean grupos o sociedades en las que se organizan y donde se encuentran a gusto viéndose reflejados cada uno de ellos en sus semejantes, de los que esperan el reconocimiento de su idiotez sistemática.
Cuando lo logran alcanzan la cumbre de su felicidad y crean su propio orden político, con constitución y leyes propias.

Los idiotas autónomos sabemos que siempre podemos meter la pata. Y no solo eso, sino que la metemos con frecuencia, pero cuando los demás se dan cuenta de que lo hacemos nos lo hacen ver consiguiendo sacarnos los colores, por lo que se podría decir que la idiotez artesana tiende a autorregularse. La idiotez de cada cual se acaba donde comienza la idiotez del otro, y por eso se podría hacer un símil: los idiotas autónomos y artesanos somos como átomos regidos por una ley oculta, que podría ser la de la armonía prestablecida, descubierta por el filósofo Leibniz. Gracias a ella logramos un equilibrio beneficioso para todos y cada uno. Y es que como las idioteces son del mismo signo, o tiene la misma carga, que dirían los electricistas, se repelen, pero como nosotros los idiotas vivimos en un espacio finito, o sea en una megabotella, al final todos nuestros movimientos aparentemente caóticos crean un sistema complejo que logra la estabilidad por sí solo. Eso sí, siempre y cuando sigamos siendo autónomos y meros aficionados a la idiotez, no tratadistas ni científicos de la misma.
Los idiotas metódicos han hecho de la idiotez su oficio y por eso lo han regulado con normas, leyes y toda clase de reglamentos. Gracias a ellos han conseguido organizarse y formar grupos en los que unos están por arriba y otros por debajo. Los que están por arriba tienen autoridad sobre los demás y esa autoridad nace de su mayor capacidad para desarrollar la idiotez como sistema o como ciencia, siendo por ello constantemente alabados por sus méritos por parte del resto de sus congéneres.

El método de la idio­tez, conocido antiguamente con el nombre de idiocia y hoy en día como idio-ciencia, sirve por igual en el campo de la política que en la economía, la sociedad o la cultura, y podemos designarlo como IC para ganar espacio. La IC se basa en una serie de principios que han de aplicarse al hablar antes de pensar, al pensar si eso se consigue, y al actuar antes de ver las consecuencias de lo que se ha hecho. Son los siguientes.
El primero es que cada uno puede decir lo que se le ocurra sobre lo que le apetezca, siempre y cuando coincida con otros que digan lo mismo, o a los que consigue hacérselo decir, normalmente miles de veces, pues la verdad no es más que repetir mil veces lo mismo por la mayor parte de gente. Por eso lo que vale en un sitio no vale en otro y lo que valía ayer no vale hoy. “Donde fueres haz lo que vieres”, dice el refrán, pero no solo debes hacerlo, sino alabarlo con entusiasmo sin pensar nunca por tu cuenta e intentando hacerte apóstol de cualquier causa. En este sentido puede ser muy útil al aspirante a idiota de carrera recordar lo que dijo B. Franklin: “La democracia son dos lobos y una oveja votando qué se come”, y procurar no ser nunca oveja.
Como cada cual puede decir lo que quiera sobre lo que le parezca debe saber que la lógica de la idiotez se basa en una serie de fórmulas infalibles. Y son las siguientes: lo que es parecido es igual, si una cosa se parece a otra y ésta a otra distinta entonces también son todas iguales entre sí. Por esa misma razón se debe pensar que el todo es lo mismo que cada una de sus partes y cada parte es lo mismo que el todo. Refinando el método se puede también llegar a saber –y esto es utilísimo– que una parte de algo que se parece a otra parte de otra cosa que no tiene nada que ver hace que esas dos cosas sean idénticas.

Razonando así se podría decir que como un triángulo tiene ángulos y un cuadrado también, todos los triángulos son cuadrados. Y que como el lado del triángulo tiene puntos y el cilindro también, entonces todos los triángulos son cilindros. Estos argumentos nos permiten entender por qué nunca ha habido matemáticos idiotas, mientras que los idiotas de método logran, por el contrario, grandes éxitos en la economía, el derecho y la política en las que estos argumentos sí que valen.
En política se puede decir que dos países que no tienen nada que ver son hermanos porque tienen un enemigo común, real o supuesto. Por eso, por ejemplo todos los centralismos son malos, desde el Egipto faraónico a la actualidad, y todo lo que durante miles de años ha estado en contra de uno de esos poderes es bueno y espontáneo. Por esa razón C. Forcadell ha definido jurídicamente un referéndum programado y publicitado hasta la saciedad como “bonito y espontáneo”. Se puede estar a favor o en contra de él en nuestro régimen de idiotas autónomos, pero discutir si es bonito o feo en sede parlamentaria tiene el mismo sentido que la idea de un alcalde del PSC de padres andaluces que dice que los españoles son todos moros y los catalanes como él se parecen a los daneses, por su común ascendencia vikinga supongo, o quizás por algún oscuro secreto de la vida privada de su madre. Como autónomo de la idiotez nuestro alcalde no tendría futuro, pero como científico del ramo se le augura una brillante carrera, pues dice lo que se le ocurre antes de pensar lo que dice y no se da cuenta de las consecuencias de lo que ha dicho.

Los idiotas de carrera están consiguiendo grandes logros, pues han conseguido ser los únicos que hablan y tener una cohorte de comentaristas que consagran sus tuits y ocurrencias haciendo creer al común de los idiotas autónomos que tienen algo que decir. Nosotros los idiotas autónomos autorregulados por la ley de la armonía preestablecida deberíamos no hacerles ni caso, dejarlos con la palabra en la boca, que es lo que más daño les hace, juzgarlos por los resultados de sus actos y seguir a lo nuestro.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua
en la USC