El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Fragilidad de pensamiento

14.01.2018 
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LA nieve no ha traído esa paz de enero, sino cierto cabreo transversal. Pero el invierno al fin se aplica con fuerza sobre nosotros, trayendo agua y devolviendo la vida a las fuentes. No hay mal que por bien no venga. Lástima que el mundo viva una coyuntura desagradable, que devora los afectos y los consensos. La política ha empezado a vivir sobre las púas afiladas de cierta propaganda mediática, creyendo, equivocadamente, que esa es la opinión de las personas. Nunca se engañó a tantos con tan poco. ¿Pocas luces en la cumbre? Tal vez. La facilidad para diseminar hoy la mentira interesada, para convertir el mundo en un territorio inconfortable, es inmensa. Y está pasando. Ocurre a varios niveles. Y no faltan los tontos útiles, que ayudan a los pregoneros dirigidos. El suicidio de una sociedad suele estar muy relacionado con el borreguismo. Me temo que las redes sociales contribuyen a expandirlo.

Produce gran decepción la endeblez y superficialidad de los debates, el infantilismo de no pocas decisiones, y, desde luego, de numerosos análisis. Hemos tratado aquí este hundimiento de la sociedad de pensamiento profundo en varios artículos recientes, pero ayer lo explicaba también, casi con las mismas palabras, el siempre atinado Sergio del Molino, cuyo pensamiento crítico, que yo sepa, no juega a la complacencia. Es posible que estemos entrando en un estado de estupidez (o confusión) producido por el exceso de información mal digerida. O quizás por fallos graves en la educación y la convivencia, entontecida tal vez por el mucho consumo mediático de baja calidad (esto es como el Quijote y las novelas de caballerías, básicamente). Pero algo grave pasa. Ver, leer y escuchar reflexiones surrealistas sobre qué hacer con el arte supuestamente inconveniente (o que no sigue los parámetros ético-culturales, o como se diga eso) produce desasosiego, porque sabes de inmediato, y lo decía bien Del Molino, que se trata de un aprovechamiento de nuestra mirada asustadiza. En general, se quiere diseminar globalmente el miedo, la histeria preventiva, con una actitud a menudo autoritaria, de revenida reconvención, como de otra época. Se quiere poner todo en tela de juicio, destruyendo la libertad de creación, la imaginación, incluso la propia libertad de los individuos, cubriendo el mundo de una suerte de vigilancia extrema, de censura previa, buscando no sé que diablos de pureza de no sé qué tipo, limitando los proyectos vitales. Una sociedad así no es una sociedad libre: es una sociedad adocenada, asustada, domesticada, sometida a opiniones muy discutibles, a menudo maniqueas e infantiloides, y también a eso que Sergio del Molino llama “melindres puritanos”.

Hace falta un rearme, sobre todo, cultural. Hace falta una revolución de las ideas, algo que no puede lograrse viendo simplemente el ‘prime time’ y leyendo comentarios en las redes. Algo que exige profundidad, positivismo, no sólo ciclones mediáticos, opiniones oportunistas al calor de los informativos. El mundo vive una coyuntura desagradable, cargada de odios, en la que coinciden líderes de traca, tensiones brutales, opiniones decimonónicas, y pocas noticias que nos acerquen a la felicidad. Creo que tiene que ver, y vuelvo a Sergio del Molino, con la fragilidad del pensamiento. Mal asunto.