El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

Deseos, opiniones y mentiras

14.01.2018 
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HAY TRES IDEAS QUE definen nuestra situación actual: la idea de la importancia del deseo sin más y casi sin límites; la idea de que las opiniones de todo el mundo son sagradas y por ello deben ser respetadas; y la de que ya no existe la verdad, a lo que se le ha llamado posverdad, un término que, no por el hecho de aparecer en el diccionario de la RAE merece ser digno de respeto, pues en él también se incluyen las palabras tonto, imbécil y otras muchas más malsonantes ,y no por ello deben ser usadas como elogio ni como etiquetas que designen los más altos valores intelectuales. Y es que junto a "posverdad" sigue siendo válido el término mentira, y nunca se ha mentido tanto, en público y en privado, y nunca en política se ha respetado menos la verdad.

NUESTRO PENSAMIENTO se rige por los principios de la verdad y la mentira. Negarlo sería un sinsentido porque tendríamos que defender que no es verdad que exista la verdad, o bien que decir que existe la verdad es una mentira, otra cosa que parece ser que tampoco existe. De la misma manera nuestra conducta se rige por dos principios: el bien y el mal, hay acciones buenas y malas, y las malas son censurables moralmente y condenables moral y jurídicamente. Las llamamos faltas si producen males menores, y delitos si esos males son mayores. Contra los delitos actúa el derecho penal para reestablecer la legalidad y no hay ninguna cultura conocida en la historia que no haya tenido un sistema penal vigente, ya fuese basado en la ley oral o escrita, o en la venganza, las multas o las penas sistematizadas racionalmente.

NO OBSTANTE AFIRMAR que existen la verdad y la mentira y el bien y el mal se tiende a interpretar hoy como prueba de que quien eso defiende es algo así como un integrista religioso que cree en ideas irracionales como la que afirma que existe el deber. Y es que la ética no se puede basar en el deber, sino en la idea de la utilidad y el placer más o menos generalizado, siguiendo el modelo utilitarista. J. Bentham el creador del utilitarismo, cuyo cuerpo se conserva disecado, lo que no parece que sea nada ni placentero ni práctico, defendió el principio del mayor placer para el mayor número como base de su ética, pero también defendió el mercado liberal más salvaje y desregulado contra el que lucharon los sindicatos, el socialismo y Marx, y fue avalista de una sociedad inglesa del siglo XIX en la que las diferencias de riquezas y bienestar eran brutales, en la que la política era patrimonio exclusivo de unas élites y en la que las mujeres de todas las clases sociales carecían de derecho al voto y casi no eran personas jurídicas. Al fin y al cabo, como dijo una vez el gran jurisconsulto victoriano W. Gladstone: "En el matrimonio el marido y la mujer son una misma persona y esa persona casi siempre es el marido".

LA IDEA DEL DEBER es el principio esencial de la moral, aunque esta sea utilitarista, pues en el utilitarismo yo tengo el deber de respetar el placer del otro y el otro de hacerlo con el mío, y además eso se considera como una verdad demostrable, por lo que también se admiten la verdad y la mentira; aunque ahora parece que ya no tienen vigor.

DECÍA A. SCHOPENHAUER a comienzos del siglo XIX que cuando hablamos del deseo nos referimos básicamente al deseo sexual. Es el más intenso y el que más puede alterar el orden familiar y social y de él derivarían todos los demás. A. Schopenhauer tuvo una influencia decisiva sobre R. Wagner o F. Nietzsche, pero también sobre S. Freud. De hecho un discípulo de Schopenhauer, muchos años antes que Freud, había escrito todo un tratado titulado La filosofía del inconsciente, en el que defendió la idea de que nuestro pensamiento es básicamente prerracional y de que hay un fuerza en la naturaleza y en los seres vivos que se rige por una lógica que le es propia. Y fue a esa fuerza a la que Freud llamó libido. Siglos antes de él lo había hecho San Agustín quien decía que nuestra alma está regulada por dos principios, la libido dominandi, fuente de todos nuestros placeres que se sintetizan en el de conseguir el dominio del otro, y la libido sciendi, que nos haría someter nuestra conducta a los principios de la verdad, el bien y la belleza.

TODOS SOMOS freudianos sin saberlo, y por eso pensamos que el deseo más profundo es el sexual, y además que lo que hay de más auténtico y profundo en nosotros es nuestra conducta sexual. Por eso asociamos a ella nuestra identidad, solo en riña con las identidades nacionales. Esa es el base de la ideología llamada LGTBI, que en realidad esconde los problemas reales de las personas y su sexualidad. Se tiende a creer que se debe admitir no solo que lo más verdadero es nuestra sexualidad, sino que además la sexualidad no tiene límites y es objeto de una elección discrecional, lo que no deja de ser curioso, pues yo soy lo que soy y no lo que quiero ser cuando yo lo prefiera.

Los homosexuales de ambos sexos sufrieron la censura moral, religiosa y afrontaron castigos en muchas épocas y culturas, aunque no en todas, como en la Grecia y Roma clásicas. Fueron vejados, encarcelados y ejecutados desde fines del Imperio Romano y su historia es una muestra de a dónde pueden llegar la intolerancia y la crueldad, como por ejemplo cuando pasaron a ser víctimas de la psiquiatría contemporánea hasta fines de los años 70 del siglo XX. Pero debemos matizar nuestras afirmaciones porque los umbrales de tolerancia variaron no solo entre épocas y culturas sino entre clases sociales. Nunca se quemó a un rey o un noble por "sodomía".

SER HETEROSEXUAL U homosexual no es lo mismo que elegir entre dos clubs de fútbol sino una forma distinta de sentir el cuerpo, el sexo, e incluso a veces toda la vida, por lo que lo que hay que defender es la idea de tolerancia y no la de libre elección en el mercado del sexo, pues un cliente de la prostitución de los dos sexos moralmente no se distingue nada del más machista de los clientes. Y es que la prostitución básicamente no es sexo, sino dinero. Y lo mismo ocurre con el terrible problema de quienes desde niños no se identifican con sus cuerpos; no lo hacen como opción sexual sino por razones que son tan reales como difíciles de explicar neurológicamente.

HAY MORAL EN EL SEXO, hay actos prohibidos como la pederastia, los abusos a niños y adultos, el uso de la violencia, la tortura y la violación, y aberraciones sexuales como el sexo con animales o cadáveres, o el sexo seguido del asesinato. La moral sexual se basa en la tolerancia, el respeto por el otro, y, por qué no decirlo, a veces en la compasión por el sufrimiento que el sexo puede causar a los demás. Y deberíamos ser consecuentes con ello y no creer que el sexo es una obligación. Hay personas con mucho deseo sexual, de una orientación u otra, otras con poco y otras con ninguno, como ha señalado S. LeVay (The Sexual Brain, MIT Press, Cambridge, Mass., 1994), y no sabemos por qué es así. Por eso deberíamos extender nuestro respeto y tolerancia a aquellos que no tienen sexo porque no quieren, por las razones que sean, y no considerarlos como carne de psiquiatras.

HAY MORAL EN EL SEXO porque hay verdad y mentira en todos los niveles de la vida. Por eso debemos pensar que quienes son respetables son las personas y no sus opiniones sin más, porque muchas veces pueden estar equivocadas, las nuestras y las de los demás. Sin embargo parece que se defiende lo contrario desde el discurso político. Y se hace cuando no se promueve ni respeta nada que sea original, cuando la gente repite los tuits de los políticos como borregos y cuando los futbolistas, por ejemplo, hablan de las naciones, mientras defraudan al fisco y cambian de equipo de país en país. Todo el mundo está feliz creyendo que opina en las redes y que es respetado como persona, mientras sus derechos laborales retroceden, se deterioran la sanidad y la educación, y los medios de comunicación emiten una basura que ni siquiera es original. Todo el mundo es manipulado por las mentiras de políticos que dicen un día lo contrario que el anterior y que no respetan ni la verdad, ni los hechos, porque solo valoran los escaños y el acceso al Gobierno. Ellos mienten y dicen a los ciudadanos que opinen y opinen y que siempre avalarán sus opciones sexuales, que lógicamente les traen al fresco. Decía J. R. Ónega en este periódico (24-XII-2017) que si los tontos volasen no se vería el sol. Es todo un optimista, porque ya vuelan y nos tienen en una eterna noche de estupidez.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua en la USC