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{A BORDO}

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Su seguro servidor

13.10.2017 
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SIGUIENDO ese empeño de ser el embajador en el "resto del Estado" del golpe de Puigdemont, el líder de Podemos propuso en el debate del miércoles una España volcánica. No con un sólo volcán sino con muchos que pueden entrar en erupción cuando les de la gana. La autodeterminación podría ejercerse en cualquier momento y la lava resultante daría como resultado un país feliz y hermoso. El observador perspicaz apuntará que este modelo ya está un poco apolillado porque data de 1873, fecha de la proclamación de la Primera República y la llegada al poder de los políticos más bienintencionados de la historia patria. Y más ineptos. El sistema que ahora preconiza don Pablo derivó en esas alturas del XIX en un caos cantonal "nervioso y epiléptico" en palabras de Galdós. Pero antes de descartar a priori la iniciativa pablista habría que plantear una pregunta esencial.

¿Esas autodeterminaciones a granel serían parecidas a las que había en la antigua Unión Soviética o, sin ir más lejos, en los círculos y asambleas de Podemos y Mareas? Si así fuera no habría inconveniente en aplaudir la sugerencia pablista porque la cosas sería un puro teatro, una pantomima perfectamente amañada desde arriba. El derecho a decidir, tal y como lo interpreta habitualmente el populismo, es un derecho a decidir lo que manda el jefe correspondiente. Con ese objetivo se manipulan los censos internos, se hacen cambalaches informáticos, se depura a los críticos y se alteran reglamentos solemnemente aprobados por las bases. Las autodeterminaciones estarían previamente determinadas lo cual abre un resquicio para hacer todo tipo de trampas. Si tuviéramos la suerte de que un hipotético presidente Iglesias (o jefe del Estado, por qué no) estuviera en su fase patriótica, poco tendrían que temer los amantes de la unidad de España.

Sin embargo, eso es algo que el líder de Podemos no aclaró. A la espera de que lo haga, lo único que se percibe es que la formación forma parte del séquito independentista. En todas las encrucijadas del proceso que ha desembocado en este drama, toda la constelación podemita se ha alineado sistemáticamente con el golpe. Su penúltimo servicio consiste en orquestar primero la campaña en favor de un diálogo difuso, para concluir después que sólo el presidente de la Generalitat es dialogante. Tampoco en esto hay novedades. Cuando ETA pasaba por sus horas bajas menudearon propuestas de diálogo sin condiciones, con personajes muy similares a los que ahora se sugieren como mediadores. Y también solía ser la extrema izquierda de entonces la que hacía de maestra de ceremonias. Y también se tachaba de enemigos de la concordia a los reticentes. Originalidad, más bien poca.

Periodista