El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Reflexión monárquica

13.06.2018 
A- A+

SIGA usted sin ser monárquico, amigo lector, o permanezca si así lo desea en ese monarquismo vergonzante de los que vieron muy bien a don Juan Carlos y les parece estupendo Don Felipe, pero fruncen el ceño ante la institución. Ciertamente eso es lo que se lleva desde hace varios en España. Somos los españoles monárquicos de manera contrapuesta a cómo somos católicos. Al menos de acuerdo con las encuestas, nuestro catolicismo es creyente pero no practicante, mientras que practicamos la monarquía sin creer en ella y nos declaramos fervorosos republicanos siempre y cuando la Tercera República no se establezca nunca.

El exordio viene a cuento de la sentencia del Supremo sobre Urdangarin. Si echamos un vistazo a nuestro entorno coronado no encontraremos nada parecido, a pesar de que no han faltado royals europeos con conductas peores que el marido de la infanta Cristina. Admitamos con orgullo que nuestra Justicia es independiente y que la Monarquía no es una patente de corso para cometer fechorías. Y señalemos a quienes durante todo este tiempo se han dedicado a propagar la idea de que todo estaba amañado, que el juicio era una farsa y que finalmente habría algún malabarismo para dejar al condenado libre sin responsabilidad alguna.

Podría decirse que piensa el ladrón que todos son de su condición porque aquellos que aventuraron una completa absolución de Urdangarin gracias a la protección del suegro y el cuñado, son los mismos que hacen trampas en sus consultas internas y convierten a los militantes en lo más parecido a los súbditos de las viejas monarquías absolutas. ¿De verdad que alguien cree que la monarquía que forman Pablo e Irene en el reino de Podemos es más liberal, avanzada y democrática que la de nuestros reyes? De ese sector siempre dispuesto a sospechar del Estado de Derecho salieron la mayoría de las suspicacias que ahora se ven desmentidas. Quién sabe si un Urdangarin británico, belga, holandés, sueco o noruego se habría escurrido de la ley gracias a la soberana protección. El español, no.

La Monarquía española ha dado una lección que otras instituciones debieran aprender. Lo decimos porque es una costumbre arraigada en partidos, sindicatos, patronales y otras asociaciones cívicas, proteger a los suyos a toda costa y achacar cualquier acusación que se haga contra ellos a las insidias de los adversarios. Con Urdangarin no ha sido así. Nadie de palacio o su entorno ha sugerido que el caso fuera consecuencia de un complot republicano, ni deslizó que en el proceso estaba personada una polémica asociación presidida por alguien investigado por extorsión, organización criminal y fraude.

En fin, podríamos añadir aquí que otra lección monárquica que se puede añadir a ésta fue la sucesión, impecable, sigilosa y oportuna, muy diferente a la mayoría de los procesos sucesorios habituales en otras instituciones, generalmente traumáticos y a destiempo y que dejan la secuela de ex que no se resignan a su condición. Comparen a Don Juan Carlos con Aznar. Sigan sin ser monárquicos o séanlo pidiendo perdón, pero admitan que los augurios fallaron.

Periodista