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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

David ya no es quién era

13.03.2018 
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DESDE que conocimos la gesta de David y Goliat hay un instinto que nos hace ver en cualquier conflicto una pugna entre ambos personajes públicos. La pareja vuelve a comparecer una y otra vez con distintas apariencias en pleitos económicos, deportivos, políticos y sobre todo laborales, y aquellos que no está directamente implicados simpatizan automáticamente con David y desean que derribe al gigante con la famosa honda. Gran parte del buen cartel de los sindicatos se debe al influjo persistente de ese episodio de la historia sagrada.

Ante cualquier conflicto que el sindicalismo plantee contra una empresa, una parte significativa de la opinión pública asignará por rutina el papel de bueno al sindicato y el de malo al empresario. Ese reparto de papeles podrá alterarse o matizarse más tarde, pero en los momentos iniciales funciona ese prejuicio. Ciertamente era mucho más fuerte hace unos años, lo cual no quiere decir que no se mantenga incluso cuando no se trata de una empresa, sino de la Administración. En este caso se tiende a pensar que la Administración es un patrono y el político que la gestiona un plutócrata que puede hacer con ella lo que le venga en gana.

¿Podemos aplicar el cuento al conflicto de la Justicia? Malamente. Goliat no estaría representado por la Xunta, sino por ese conglomerado formado por los sindicatos más alérgicos al acuerdo y los partidos de la oposición que alientan todo lo que pueden la cronificación del problema. El arsenal que tienen en sus manos no admite comparación con el del Gobierno gallego. Paralizan un servicio básico costeado por el contribuyente, sin que los ciudadanos y los gobernantes puedan hacer otra cosa que armarse de la paciencia desplegada por otro protagonista del Antiguo Testamento llamado Job. No se cumple ese principio básico según el cual, a cambio de las ventajas que el funcionario público tiene sobre el trabajador privado, los sindicatos han de aceptar un plus de responsabilidad a la hora de plantear un conflicto como este. A la vista está que no es así.

No sólo eso. En los últimos tiempos es mayor la conflictividad en la Administración que en la empresa privada. Una conflictividad que no tiene un reparto "equitativo" como es fácil comprobar si se hace un recuento de huelgas de la misma intensidad que la de la Justicia en administraciones gallegas regidas por la izquierda. No hubo ni hay ninguna equiparable. Ni la habrá. Ahora mismo bastaría con que el vicepresidente Rueda cediera su responsabilidad a cualquiera de los líderes de la oposición, para que la rigidez sindical se trocara en flexibilidad y las acusaciones a la Xunta, en alabanzas por su sensibilidad social.

Por eso hay que seguir sintiendo esa simpatía espontánea por David, representado en esta ocasión por la ciudadanía que soporta este boicot a sus intereses y por una Administración que está haciendo todo lo que está en sus manos para buscar una salida. Es triste comprobar que ese sindicalismo nacido del pueblo ha sido transformado por algunas centrales en un enemigo del pueblo; en un Goliat.

Periodista