El Correo Gallego

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A BORDO

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Amado mío

13.08.2017 
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DOS eran las escenas vidriosas de Gilda. En una de ellas, aquella Rita de inconmensurables curvas se quitaba un guante lentamente, muy lentamente, en un momento eterno, mientras susurraba el Put the blame on mame. La mera posibilidad de que la prenda fuera sólo el prólogo de algo más explícito, encendía pasiones y convirtió el instante en una de las cumbres de la historia del cine y alimento de las imaginaciones eróticas de muchas españoles. La otra escena lanza al estrellato a Glenn Ford, un actor según algunos no demasiado brillante pero que asesta a la actriz una bofetada legendaria, castigo al carácter casquivano de la diva.

Lógicamente el franquismo se fijó en el guante y pasó por alto el trompazo. El estreno allá por el 47 fue polémico, con boicots, rotura del carteles y las dudas de un régimen que quería salvaguardar la rígida moral de entonces sin enemistarse con los americanos. En resumen, que Gilda llegó a las pantallas de milagro y el tiempo se encargó de enseñar que aquello no era para tanto. Setenta años después hay que preguntarse si Gilda superaría la nueva censura que se ha instalado entre nosotros, una censura oficiosa que no oficial pero con un considerable peso. Como es obvio, la censura moderna no diría nada de la parte sensual, o quizá criticaría la exhibición de la mujer-objeto, pero sería implacable con el machismo intolerable de la bofetada.

Si hoy se estrenara ya no habría manifestaciones falangistas delante de las salas, sino protestas de estos inquisidores que han empezado a censurar canciones como el Despacito, basándose en argumentaciones parecidas, e incurriendo en una subestimación similar del sentido común de la gente. Tanto en 1947 como en 2017, las obsesiones de determinadas mentalidades se quieren trasladar al conjunto de la sociedad Lo que era una señora estupenda que recordaba a la Maja de Goya en movimiento, se transformaba en un ataque directo a los fundamentos del orden establecido. Lo que es una letra en la que nadie se fija, se convierte en apología del maltrato a la mujer. ¿Cuántos estribillos resistirían un análisis tan exigente? ¿Cuántas obras de arte o libros?

Los espectadores de Gilda y quienes hoy tararean la canción de Luis Fonsi, eran y son gente normal, sana, libre de prejuicios. Son los censores antiguos y modernos los que padecen traumas que los obligan a buscar significados malévolos y retorcidos. Para ello recurren a una especie de legalidad paralela que sólo ellos conocen e interpretan porque ambas censuras tienen en común la inexistencia de un código escrito que separe lo admisible de lo intolerable. En ninguna normativa se decía que quitarse el guante, sacudir la melena y mover las caderas, era motivo para retirar una pelicula de la cartelera. No se esfuercen tampoco en buscar un código que aclare qué letras son machistas. Todo se deja en manos de la arbitrariedad del Savonarola de turno, ampliada por la inercia de las redes sociales. Sin salir de Gilda, vemos qué fácil es regresar al pasado pensando que vamos hacia el futuro. Basta con un cambio de escena en el que el guante pecaminoso de Rita es sustituidos por el bofetón machista del galán.