El Correo Gallego

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JAIME BARREIRO GIL

Acabemos de una vez

12.10.2017 
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¿PARA qué quiere ahora ganar tiempo Carles Puigdemont? Sólo si fuera para eso entendería yo su comunicación al Parlament del pasado martes, para decir que si, pero no o casi a la proclamación unilateral de la independencia de Cataluña. Pero tiempo es lo único que ya no necesita el presidente del Gobierno autónomo catalán, porque ya lo ha gastado todo. No le darán más. A no ser, claro, que esté dispuesto a volver a empezar, cosa a la que no creo que se atreva, porque para eso, además de tiempo, le haría falta coraje.

Pero eso es lo único que se podría hacer en el estado de cosas al que hemos llegado: recuperar la legalidad y desde ella y solamente desde ella, empezar a dialogar, como el presidente sugiere, con el único límite que señale la legalidad misma, como no podría ser de otra manera entre demócratas. Pero si no se produce esa recuperación de la legalidad, que ya reconozco que para el señor Puigdemont, hoy, por lo muy lejos que ha llevado su insurrección, supondría un innegable retroceso, un volver a empezar, no hay ningún diálogo posible.

Ya no se trata sólo de señalar los límites políticos sobre lo que se quiera o pueda dialogar, que están meridianamente señalados en los procedimientos constitucionales, sino de que, en el caso de que el diálogo pudiera afrontarse, todas las partes gozasen de la cobertura de unas garantías mínimas, tanto de marco como de formas, e incluso de representatividad legítima y recíprocamente reconocida. Esto es lo que hay, y fuera de esto no hay nada. No puede haberlo ni lo habrá.

Hablar de diálogo sin tener en cuenta y dejar claro que se aceptan esas condiciones es engañar el respetable. Y puesto que nada se concretó en este sentido, la última actuación del señor Puigdemont tampoco puede ser fiable. Así, él no ganó tiempo, aunque los demás lo hayamos perdido. Sólo podremos contar con unos cuantos meses más de incertidumbre, amagos y falsos pronunciamientos, de los que no podrá salir nada políticamente bueno, y que, en lo peor, ampliarán la sensación de inseguridad jurídica que ya está teniendo efectos tan perniciosos entre el empresariado catalán.

Puigdemont, en el abrazo perverso que sostiene con la CUP por un lado y ERC por el otro, ha perdido y es difícil que algún día pueda volver a recuperar cualquier capacidad de maniobra, muñeca, que es requerimiento indispensable para hacer política. Él, por eso, ya no forma parte del futuro de Cataluña. Y así, puede que le hubiese sido mejor acabar de una vez.

Doctor en Economía