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ABEL VEIGA

Ejemplaridad

16.04.2018 
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MALOS tiempos estos, relativizados en exceso y rehenes de la superficialidad, para la ejemplaridad. Las virtudes no venden. Los ejemplos de ser humano y comportamiento tampoco mucho. Las conductas se tergiversan. Los clichés se falsean. Demasiada hojarasca en la sociedad. Pensamiento acrítico. Hemos vivido de lleno una crisis que no solo ha sido económica, lo ha sido también social, axióliga o de valores. Lo ha sido familiar. Nos ha faltado confianza. Pero aquí estamos. Devaluados los valores hasta la enésima parte, la sociedad debe preguntarse por el rumbo que ha tomado y side verdad vale la pena. Debemos cambiar. Cambiar el paso, el criterio, preocuparnos de lo público, no solo de lo privado y particular. Somos seres para la sociabilidad no para el ostracismo silente de una individual negadora del otro. Frente a la crisis, confianza. Frente a la corrupción, credibilidad. Frente al catastrofismo, convicción. Pero junto a ello, por encima de ello, liderazgo y ejemplaridad. Realidad y realismo, frente a optimismos de barro. Objetividad frente a estériles pesimismos, vacuos y enfermizos de un carácter y forma de ser terriblemente resignada y aherrojada de pasividad y conformismo derrotista. Dosis de verdad, trazos y retazos de sensatez y sentido común. El que ha faltado. El que ha estado ausente. Pasemos página a tanta hojarasca. A tanta mediocridad, a tanta mentira.

En este tiempo demasidas cosas demasiadas cosas han quedado al descubierto. Donde nuestras miserias se han desnudado y donde los cambios han llegado en medio de demasiadas tribulaciones. Regeneración y modernidad. Aunque la clase política no ha regenerado absulutamente nada salvo sus sempiternas justificaciones carentes a veces, demasiadas, de veracidad. Aires nuevos y cambios de discurso. Ahora solo hace falta interiorizarlos. Un tiempo se entierra definitivamente. Hay prisa por inhumarlo sin saber demasiado bien lo que viene y hacia dónde vamos. El príncipe de Salino quiere cambiar. Lampedussa espera. Definitivamente. Los cosas cambian, pero la realidad perceptible todavía está distante. El ciclo ha cambiado, pero las consecuencias no llegan para cientos de miles de familias. Se usan cifras ciertas, pero sesgada una parte de la realidad, dado que hay otra que todavía arroja datos y cifras dramáticos. No hay más ciego que el que ve y no quiere ver. Tampoco el que solo piensa en estrategia electoral. Estamos asistiendo a un cambio de la sociedad que no somos capaces de percibir en su verdadera dimensión. Pero falta quién la lidere. El futuro se escribe desde el presente, pero falta vuelo y altura, la suficiente distancia para otear un horizonte distinto o que necesariamente ha de ser diferente.

El ciudadano se ha cansado de tanta mediocridad y de tanta mentira. Cuestión distinta es saber si será capaz de extraer las consecuencias. Búsqueda incesante de la ejemplaridad. La que nunca debimos perder y sin embargo mancillamos, ocultamos y ultrajamos. Hoy somos más conscientes que ayer. Porque el ayer estuvo ensimismado en el lado más maquineo y mezquino de nosotros mismos, el egoísmo, lo insolidario, lo narcisista. Faltó valentía. Arrojo y confianza, pero sobre todo, liderazgo.

Profesor universitario