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Homilía en la Misa Crismal, Martes Santo 11 de abril

REDACCIÓN  | 12.04.2017 
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“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza que va bajando por la barba, por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento” (Ps 133, 1-2). En la Semana Grande de nuestra fe celebramos la Misa crismal, rica en promesas y bendiciones, preparando los santos remedios para la naturaleza humana, al bendecir los óleos y consagrar el crisma. Este gesto vigoriza la comunión de nuestro Presbiterio diocesano, fundamentada en el mismo sacramento del Orden y visiblemente representada en el Obispo que es quien llama al ministerio, porque nadie se llama a sí mismo. Cristo “con amor de hermano ha elegido a hombres de este pueblo, para que por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión”. El sacerdocio es el amor de Cristo que se hace visible y se prolonga en hombres de carne y hueso. Los sacerdotes somos imágenes visibles de Él, invisible cabeza de la Iglesia, no sus sucesores porque Él permanece con nosotros hasta el final de los tiempos. Esta realidad se hace súplica por mi parte para que el Señor nos encuentre a todos fieles al amor con que nos ha amado, conscientes de nuestra fraternidad sacramental, y unánimes en la acción pastoral. 

Esta actitud que nos hace eficaces en la llamada a aquellos alejados de la comunidad eclesial, hemos de manifestarla en la aplicación del Sínodo diocesano, que ha sido fruto de experiencias, aspiraciones y críticas orientadoras y constructivas. Esto exige una obediencia iluminada por la fe y acompañada del estudio de las disposiciones, en el espíritu y en la letra. Ante el Sínodo puede haber distintas posturas: la de aquellos que no muestren interés alguno y pasen del trabajo realizado; la de quien tenga curiosidad, lea las disposiciones pero no se sienta implicado. Ninguno de nosotros acepte estar clasificado en estas actitudes. Hay una tercera, la de aquellos que hagan una lectura reflexiva y la conviertan en un programa de vida pastoral. Sólo así seremos expertos en la vida diocesana y podremos hacer el discernimiento oportuno, conscientes de que es el espíritu de comunión y no la dinámica de presión, el que ha de dinamizar nuestra pastoral pues nuestra lucha es contra los dominadores de este mundo de tinieblas. No tengamos miedo a la verdad.
Hoy es también un día significativo para recordar, queridos sacerdotes, que somos hombres de lo sagrado, predicando la Palabra de Dios y administrando los sacramentos, sin que nuestras debilidades puedan debilitar nuestra admirable energía de luz y de vida divina. No sólo el obispo sino también vosotros en medio del pueblo de Dios sois la presencia objetiva de la autoridad de Cristo. En comunión con el obispo y en conformidad con sus orientaciones se encomienda a vuestro cuidado pastoral una porción de la familia de Dios en la diócesis. “El Señor continúa proponiendo en todo tiempo y lugar su salvación por medio de gestos, acciones y palabras y mediante su misma presencia que es signo, instrumento y mediación de la salvación realizada por Cristo. Esta es la justificación del ministerio presbiteral”. Nunca debemos ponernos en primer plano a nosotros mismos, ni nuestras propias opiniones, sino sólo a Jesucristo.
Presidir en la caridad a la comunidad cristiana no es un compromiso cómodo, pero no debemos abandonar nuestra responsabilidad de guías que deriva del mismo carácter sacramental y de la misión recibida, siendo fieles a la Iglesia más allá de las simpatías o antipatías personales. Ser fiel conlleva sufrir y a veces con la impresión de sufrir solos, mantener vivo el fuego y no adorar las cenizas. La sacralidad y la santidad confluyen en el misterio de la Iglesia. No olvidemos que donde no se percibe la belleza de la Iglesia, se extingue el amor; y donde no hay amor no puede resistir mucho tiempo la fidelidad. Aquí está el secreto de la alegría de nuestra vida. Si caemos en la tentación de apegarnos al dinero, al poder y a los chismes seremos siervos inútiles que no habremos hecho lo que debíamos hacer.
“O maior entre vós sexa como o máis pequeno, e o que goberna como quen serve” (Lc 22, 25-26). Este é o mandato de Xesús aos que participan do ministerio sacerdotal, e aos diáconos, delegados dos bispos, sendo cada vez máis plenamente servos do Señor e servos da humanidade, evitando modelos mundanos no exercicio da autoridade. Tomados de entre os homes e rodeados nós mesmos de fraquezas, podemos tratar con indulxencia aos descamiñados (Hb 5,1-2). A ordenación sacerdotal é o comezo dunha existencia nova como servizo, como don para os demais nas cousas que fan referencia a Deus; un servizo que alcanza á dimensión máis profunda do home como é a súa relación co absoluto, co eterno, con Deus. O noso estilo de vida resulta decisivo para que os homes e mulleres do noso tempo vexan á Igrexa como lugar de seguimento comunitario de Xesús. A nosa actuación non pode ser un obstáculo para a fe dos demais, debe ser signo que orienta a Cristo.
Con esta confianza serena e forte renovamos as promesas sacerdotais, peregrinando no camiño da santidade. Desexo para vós e tamén para min que o Señor nos faga santos a pesar de nós mesmos. A vós, benqueridos membros de vida consagrada e leigos pedímosvos que encomendedes ás nosas inquedanzas persoais e pastorais. Rezade por nós para que sexamos pobres, mansos e humildes ao servizo da Igrexa. Pidamos polos cristians perseguidos. Que o apóstolo Santiago e a Virxe María intercedan por nós ante seu Fillo Xesús Cristo, sumo e eterno Sacerdote. Amén.